D. Gabino Díaz Merchán

Carta de Mons. D. Raúl Berzosa Martínez
Obispo emérito de Ciudad Rodigo

Se me pide trazar una breve semblanza, mezclada inevitablemente con recuerdos personales, sobre D. Gabino Díaz Merchán.

Unos, se entretendrán en su dimensión humana y sacerdotal. Otros, se extenderán en glosar su rica y polifacética vid eclesial y como hombre de gobierno. Lo mío quiere ser como un álbum de recuerdos internos “para andar por casa” y, seguramente completar y hacer justicia a otras dimensiones no tan sobresalientes.

Había escuchado hablar de D. Gabino antes de ir, como obispo auxiliar a Oviedo, en el año 2005. Conviví con él, en el mismo edificio de la Casa Sacerdotal, hasta el año 2011. Fue una gracia y un buen consejero.

Ordeno algunos de los recuerdos más sobresalientes. Al poco de llegar, con motivo de la polémica suscitada por los llamados matrimonios del mismo sexo, mirándonos a los ojos a D. Carlos Osoro y a un servidor nos dijo: “No olvidéis, en lo que habléis o escribáis, que las heridas y secuelas de la guerra civil siguen abiertas y vivas en esta tierra. Sed pastores prudentes y para todos”.

En el día de las Candelas, fiesta de la vida de especial consagración, a punto de salir al altar los tres obispos que residíamos en Asturias, le hice notar que estaba en el centro y, con cariño y cierto humor, de dije: “D. Gabino, colóquese, por favor a la derecha de D. Carlos para salir al altar”. Obedeció, y una vez colocado, con discreción me dice: “Raúl: ni yo soy tan de izquierdas como tú crees, ni tú tan de derechas como aparentas”.

Recuerdo a D. Gabino, todos los días, con fidelidad y alegría, sentarse a tomar café y abrir animada tertulia con los sacerdotes que habitábamos en la casa. Era conversador ameno, siempre lleno de anécdotas y sabiendo colocar la nota de humor y sensatez que el tema requería. Jamás le escuché un mal comentario de nadie. A lo sumo, cuando discrepaba de alguien decía: “Es un buen chico”. Como sucediera en su tiempo de arzobispo ordinario, el Consejo de Gobierno sabía que, con aquella frase, ya no se debería profundizar más… Por respeto a D. Gabino y a la persona de la que se hablaba.

Muy cercano y cariñoso en el trato, guardando fidelidad a sus amigos y a quienes le cuidaban. Entre ellos, el sacerdote-médico D. Benjamín Morán. De la misma manera que D. Gabino sabía ordenar y mandar cuando era necesario, era obediente y se fiaba de quienes tenían que cuidarle en su salud.

De temperamento ecuánime y equilibrado, hasta en su mismo “hábitat” se dejaba notar: si no recuerdo mal, tanto en verano como en invierno, procuraba que el termostato de su habitación rondara los 24 grados de temperatura permanente.

Austero en su forma de vida, y más bien sedentario, tenía una habilidad que era mucho más que un hobby: la informática. Era muy curioso, y hasta humorístico, que al ir a Madrid, normalmente a reuniones de la Conferencia Episcopal Española, nos deteníamos casi siempre en la misma gasolinera a repostar y tomar un café y él iba inmediatamente a la sección de revistas de nuevas tecnologías que, por cierto, estaban al lado, de otras revistas “subidas de tono” y, a veces, algunos clientes miraban de reojo a D. Gabino sin darse cuenta de que a él lo que le interesaba era más “la belleza informática”, que no otras bellezas.

Racional, que no racionalista, y con gran interés por todo o que fuera interesante, a veces pecaba un poco de ingenuidad. Recuerdo cómo, en una ocasión, nos quisieron involucrar a los dos en un asunto “sucio y peligroso”. Estaba un servidor de administrador diocesano cuando recibimos, por separado, una supuesta llamada de un nuncio de Roma en la que se nos decía que deseaban hacer cardenal a D. Gabino y que un servidor se quedara en Oviedo como Arzobispo. Tenía un precio: ir a Japón a llevar un talón de dinero, supuestamente para un obispo que lo necesitaba. Mi sospecha de falsedad fue clara desde el principio. D. Gabino dudó. Me extrañó. Al final, tras un par de llamadas a Roma y a Madrid, se resolvió el asunto y quedó patente la estafa y el blanqueo de dinero que se quería hacer, utilizándonos a los dos.

Gran aficionado al equipo del Real Madrid, estaba al día de todo cuanto sucedía en el club merengue. A veces me decía que el saber de futbol quitaba muchas tensiones en conversaciones con políticos y otras instancias civiles.

Parco en palabras, pero asequible  para quien lo necesitara. Sin perder su compostura y su necesario porte de hombre de gobierno, se ganó el respeto de sus sacerdotes en un doble sentido: era hombre de palabra, y nunca se le notó malicia premeditada en sus actuaciones.

Tenía pocos familiares de sangre. Algunos de ellos, primos, con ideas y posturas muy diferentes a las suyas. Siempre hizo todo lo posible por asistir a eventos relevantes, aunque algunos le criticaran o no entendieran su postura. Primaba en él su conciencia. Era una muestra de su ser creyente firme y recio.

En cuestiones sociales, estaba atento a los nuevos signos de los tiempos y a favorecer a los más desprotegidos. Doctrinalmente, un obispo neto del Concilio Vaticano II y aplicando claramente la  Doctrina Social de la Iglesia. Manifestó gestos solidarios de “buen pastor”; no de “pastor populista o de sólo mirando a la galería”: como cuando bajó a la mina o se solidarizó con quienes estaban encerrados en huelgas laborales, defendiendo su justos derechos.

Destacó siempre su eclesialidad y sentido de comunión episcopal. Lo cual no le impidió manifestar sus opiniones y criterios, aunque no fueran, en principio acordes o del mismo sentir que sus interlocutores. Incluido el propio Papa. Su eclesialidad y lealtad se inspiraban en el evangelio: “La verdad os hará libres” (Jn 8,31). Sabía unir verdad y caridad.

Muchas más cosas, y más profundas, se podían escribir de D. Gabino. Concluyo con otros dos recuerdos: por un lado, el cuidado y trato deferente con algunos sacerdotes que, por diferentes circunstancias, no “lo estaban pasando bien”: desde problemas de ministerio hasta temas de salud. Él los acompañaba, los acogía, los ayudaba en todos los aspectos que fuera necesario, y trataba de rehabilitarlos estando muy cerca de ellos.

Por otro lado, en otra ocasión, en la Conferencia Episcopal, el departamento de seguimiento de los casos de mártires de la guerra civil española invitó a D. Gabino a dar testimonio de sus padres. No se sentía en aquel momento con fuerzas. Me invitó a que lo hiciera yo mismo, leyendo lo que él había escrito. Fue un doble trago amargo: primero, porque se me caían las lágrimas al leer lo que D. Gabino había escrito de primera mano para aquel evento, y segundo porque reviví, poniéndome en su pellejo y ánima, los recuerdos trágicos de sus padres con los que aquel niño y adolescente creció y donde nació su vocación sacerdotal. Sin resentimiento ni amargura; como ciudadano y hombre de Iglesia reconciliador de las dos Españas.

Descanse en paz, D. Gabino. Gracias por su vida, por su magisterio, por su testimonio y sus aportaciones a la Iglesia que peregrina en Oviedo y en España. Gracias por saber unir bondad y equilibrio, sentido común y cualidades de buen pastor.

✠ Raúl Berzosa Martínez
Obispo emérito de Ciudad Rodigo
y misionero en República Dominicana

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