Santa Misa con el Rito de Beatificación de los Venerables Siervos de Dios Ángel Marina Álvarez y 19 compañeros, Juan Aguilar Donis y cinco compañeros e Isabel Sánchez Romero, mártires

Homilía del cardenal Marcello Semeraro
Prefecto del Discasterio para las Causas de los Santos

S.I. Catedral de Santa María de la Sede, Sevilla
Sábado, 18 de junio de 2022

LAS PERSECUCIONES NO SON UNA REALIDAD DEL PASADO

En el relato del Apocalipsis hemos oído que Juan, en su visión, contempló una gran multitud de personas que, vestidos con vestiduras blancas, alababan a Dios. Sorprendido por esta imagen, él se preguntó quiénes eran. Le llegó la respuesta: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero». San Agustín lo comentará observando que, en sí mismo, toda sangre tiñe de rojo, pero que, a diferencia de cualquier otro caso, la sangre del Cordero confiere blancura porque se trata del Cordero de Dios «que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); es la sangre de Cristo «derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26, 28) (Cf. Discorso 306/D: PLS 2, 788).

En la perspectiva de esta mirada profética nosotros hoy contemplamos el consistente grupo de Siervos de Dios que acaban de ser declarados beatos y proclamados mártires. Pertenecen a aquella «cándida comitiva de mártires», que alaba al Señor, como canta el Te Deum: «te martyrum candidatus laudat exercitus». Su historia ha sido recordada al iniciar este sagrado rito: fueron todos víctimas de la misma persecución que, en los años treinta del siglo pasado, provocó la muerte de cientos y cientos de cristianos: ministros sagrados, personas consagradas, fieles laicos… Una multitud, en efecto, que ha lavado sus propias vestiduras en la sangre del Cordero.

Nuetros nuevos Beatos fueron personas humanamente muy diversas por su carácter, por sus historias personales. Los unía, en cambio, el carisma de Santo Domingo: una elección vocacional, la suya, vivida con fidelidad, coherencia y generosidad. Resplandece con singular luminosidad la figura de una mujer, Sor Ascensión de San José. Junto a otras, ella  fue cruelmente torturada. Le pidieron que blasfemara y pisoteara el crucifijo: se negó y le destrozaron el cráneo. No renegó de la fe; al contrario, murió ensalzando a Cristo Rey y alabando al Santísimo Sacramento. Sabía bien Sor Ascensión que la sangre del Cordero confiere candor porque es la sangre «derramada por muchos para el perdón de los pecados».

Estamos celebrando la Santa Misa: también nosotros, entonces, alentados por su testimonio, repetimos en la intimidad del corazón con la fe de la Iglesia: «su sangre derramada por nosotros es la bebida que nos redime de toda culpa» (Prefacio de la Ssma. Eucaristía, I). Es una verdad que la Iglesia nos recuerda siempre y que se nos repite en estos días, mientras celebramos la solemnidad del Corpus Christi. Todos nosotros, que nos alimentamos del mismo Cuerpo de Cristo y nos dejamos  santificar por su sangre preciosa, nos convertimos en un solo cuerpo. Y hoy Jesús nos tranquiliza: sobre nosotros está su mirada, por nosotros está su oración. «Padre santo, guárdalos en tu nombre, aquel que me has dado, para que sean una sola cosa, como nosotros». Y es así como él nos envía en el mundo: unidos a él y en comunión entre nosotros.

En la lectura del Santo Evangelio, también hemos escuchado esto: «como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo». El Evangelio debe ser proclamado sobre todo con el testimonio de la fraternidad y de la comunión. En la exhortación Evangelii nuntiandi san Pablo VI [sexto] nos lo ha dicho esplendidamente: «un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva» (n. 21).

¡Somos conscientes, sin embargo, que el Señor no nos manda a una situación cómoda y fácil! Nos lo recuerdan nuestros mártires. La del cristiano en el mundo no es nunca una situación cómoda y fácil. En la exhortación sobre la llamada a la santidad en el mundo de hoy, Papa Francisco ha subrayado esto. Ha escrito que para vivir el Evangelio no podemos esperar que todo en torno a nosotros sea favorable; muchas veces, al contrario, las ambiciones del poder y de los intereses mundanos juegan contra nosotros. Se da por hecho que vivimos en una «sociedad alienada, atrapada en una trama política, mediática, económica, cultural e incluso religiosa que obstaculiza el auténtico desarrollo humano y social», de modo que vivir como cristianos según las Bienaventuranzas evangélicas «se hace difícil y puede ser incluso una cosa mal vista, sospechosa, ridiculizada» (Cf. Gaudete et exultate, n. 91).

Las dificultades y las pruebas que nuestros Mártires han soportado y superado, si bien en una paradójica victoria que a los ojos del mundo es una derrota, no son ciertamente las únicas. «Las persecuciones no son una realidad del pasado, porque hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades» continúa diciéndonos el Papa (Cf. Gaudete et exultate, n.94). Miremos, entonces, el ejemplo de nuestros Mártires para sentirnos confortados. San Gregorio Magno escribía que tanto más sólida surge en nosotros la esperanza, cuanto más duras son las pruebas soportadas por amor de Dios (Cf. Moralia in Job, II, X,36: PL 75, 941). Tengamos confianza, no obstante nuestras fragilidades. Dios revela su fuerza justamente en los débiles y también a los indefensos él da la fortaleza del martirio (Cf. Prefacio de los santos mártires). Amen.

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