Santa Misa en la Solemnidad de los Santos Emeterio y Celedonio, mártires

Homilía de S.E. Mons. Bernardito C. Auza
Arzobispo titular de Suacia
Nuncio Apostólico en España y en Andorra

S.I. Catedral Basílica de Santa María y Santos Mártires Emeterio y Celedonio, Santander
Martes, 30 de agosto de 2022

Queridos hermanos todos en nuestro Señor Jesucristo:

La presente celebración en honor de los santos mártires, patronos de Santander, los hermanos San Emeterio y Celedonio, es ocasión para mí de especial acción de gracias al Señor, por cuanto me lleva a palpar, de algún modo, la pronta y rápida extensión de la Iglesia en España durante los primeros siglos. Se trata de la misma Iglesia que Cristo fundó y que está presidida por el Sucesor de Pedro, hoy el Papa Francisco. El me ha enviado al servicio de esta misma Iglesia que peregrina en España. En nombre del Santo Padre, su saludo y su bendición para los presentes y cuantos siguen la fiesta patronal por los medios de comunicación. 

Como bien sabéis, Santander, al formarse entorno al monasterio de San Emeterio (San Emeter) – de ahí el nombre de la Ciudad “Santander”- vuestra ciudad está vinculada a los dos hermanos San Emeterio y San Celedonio.  En el siglo VIII vinieron a guardarse aquí los relicarios de las cabezas de ambos santos que sufrieron el martirio en La Rioja, en Calahorra, el 3 de marzo del año 298. Esta feliz ocasión me concede entonces la grata memoria de mi visita hace seis meses, al lugar del martirio, en Calahorra, de los hermanos soldados romano del siglo tercero. Además de la arqueología, sé que son grandes nombres los que testimonian lo esencial de la vida y martirio de los dos. Están las letras del español célebre poeta calagurritano Aurelio Prudencio Clemente, San Isidoro de Sevilla o también San Gregorio de Tours. 

Nosotros ahora, al celebrar su martirio, podemos tomar conciencia de que, como ha repetido tanto la palabra de Dios proclamada, la vida presente ofrece a los cristianos una prueba que pone siempre en juego la fidelidad a nuestro Señor. “Dios los puso a prueba y los halló dignos de él”, nos ha dicho el libro de la Sabiduría. San Pablo nos advierte: “tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas”. En el Evangelio nos dice nuestro Señor: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. La aclamación al Evangelio viene a resumir diciendo: “Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque si sale airoso recibirá la corona de la vida”. 

En cada momento tenemos ocasión de manifestar nuestra fidelidad con la coherencia en un sistema de valores donde sabemos que Cristo está en la cumbre. Los santos mártires, ante la propuesta del culto idolátrico que los ligaba a una impuesta e indebida obediencia religiosa al emperador, al que estaban sujetos como soldados, ellos proclamaron con su muerte cruenta la soberanía de Cristo. Sin temor a la muerte del cuerpo, permanecieron firmes en la fuente de la Vida, proclamando el amor de Dios sobre todas las cosas. Sabían que “la vida de los justos está en manos de Dios”. 

El evangelio proclamado quiere llevar a nuestro corazón dos fuertes convicciones y un propósito de construcción y colaboración con su Reino. 

1.   La primera convicción es saber que Dios cuida de nosotros y que nada ocurre que Él no lo disponga, incluida en la menor de sus criaturas. Esta seguridad puede ser cuestionada para quienes no tienen en cuenta que el amor perfecto de Dios incluye el respeto a libertad del hombre. Si Dios me crea, es para establecer una relación de amor con Él, lo que implica que me da la posibilidad de no amarlo. Podemos pues elegir un camino errado, o agredir el orden que Dios ha puesto en su misma creación, en este orden es de tener en cuenta “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito” (Flp 4, 8. 9b) también la amistad, la salud, la compañía, la familia…es todo un bien.

Mantener la fidelidad en el amor de Dios en medio de las pruebas sin temer a perder nada menos importante que Dios, es la pauta que nos ofrece el Evangelio. No vence el violento, el que obra el mal. Vence el que persevera constante en una “esperanza llena de inmortalidad”. Dios nos deja sus huellas en la creación, los hombres pueden hallarlo. Si Dios no existiese no podríamos definir lo que es el bien y lo que es el mal. Bueno o malo sería todo lo que el hombre decide o descubre. Lo cual trae contradicciones evidentes en la experiencia de cada día. El verdadero camino es la ley del Señor; no la fuerza, ni la prepotencia del violento o la arbitrariedad del poderoso, sino la justicia y el derecho. 

2.  La segunda convicción es que Dios no se limita a crear. También nos pide creer y confiar. El evangelio, Cristo nos pide a reconocer ante los hombres cuales son las exigencias de nuestro Señor en nuestras vidas. El evangelio que hemos escuchado nos enseña a comportarnos ante la prueba y la contradicción. Estamos abocados a elegir y sabemos que Cristo salva a quien con valor le confiesa: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”.

Es preciso combatir y tener valor delante de los hombres por nuestra fe. En el emplazamiento del martirio de los Santos Emeterio y Celedonio, el mismo donde se encuentra ahora la Catedral de Calahorra, primero se convirtió en Bautisterio como recoge el poeta Aurelio Prudencio. Nuestra vida es Cristo. Nos toca por amor a El asumir una especie de martirio oculto, lo cual puede suceder en los diversos ámbitos en los que se desarrolla nuestra vida, ya profesional, ya familiar o matrimonial. Ser fieles a Jesucristo, confesarlo ante los hombres, conlleva la muerte de uno mismo un martirio de gran valor y grandeza. 

3.  Con estas dos fuertes convicciones, hagamos el propósito en la construcción del Reino de Nuestro Señor Jesucristo. Más que en seguridades vemos al mundo entusiasmado con ciertos espejismos mientras al fondo, y al mismo tiempo, le roe la incertidumbre inquieta.  Se supone la libertad, muchas veces, como el anhelo de lo que cada uno apetece. Hay modelos ideológicos o paradigmas que propugnan una vida liberada de toda norma, de toda exigencia, de toda verdad. Hoy, por ejemplo, el pilar de la sociedad, que es la familia, sufre, no se cree en la fidelidad ni se aceptan compromisos heroicos fuertes y duraderos.

Pero, como decimos muchas veces, ante lo adverso ¡hay que luchar! La palabra del Señor nos ha dicho “¿ No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena. Sintiéndonos como soldado solitario en medio del campo de combate, San Pablo nos anima en la segunda lectura a erguirnos con coraje y valentía y acudir a Dios en la oración. Sin ella nos falta la luz y la fuerza. El enemigo principal, que es el pecado y la muerte, ya ha sido vencido gracias a Jesucristo nuestro salvador y redentor, y su bendición se derrama sobre aquellos que le buscan y le aman, y en El confían. No debemos por eso dejarnos abatir por dificultades, incomprensiones y conflictos. La fe y la esperanza combaten y vencen. Como nos dice el Papa Francisco “sufrir las tribulaciones con coraje no es una actitud sadomasoquista sino que es la lucha cristiana contra el demonio que busca separar a los creyentes de la Palabra de Jesús, de la fe, de la esperanza… “soportar” … es más que tener paciencia, es llevar sobre los hombros, llevar el peso de las tribulaciones. Y también la vida del cristiano tiene momentos así. Pero Jesús nos dice: ‘Tengan coraje en aquel momento. Yo he vencido, también ustedes serán vencedores’. Esta…palabra nos ilumina para…“entregarnos” (Homilía 5/5/2015). 

No es fácil aceptar el mensaje cristiano de la Cruz. La lógica del mundo pretende destruirla. Pero, como dice San Juan: “esto es lo que vence al mundo, nuestra fe” (1Jn 5,4). Esta fe que nos enseña el amor más grande, el de Aquel que ha dado su vida por nosotros en la cruz (Cf Jn 15, 13). Nuestras armas se reducen a ese amor que tenemos que testimoniar como prueba de la verdad. El mandamiento nuevo del amor pone el fundamento de una verdadera civilización. Este fue el mensaje de los evangelizadores de los primeros siglos cristianos que nos trajeron el Evangelio. Nosotros, sus continuadores, hemos de proponerlo a la sociedad de nuestro tiempo, para que la fe cristiana siga iluminado y construyendo la vida de los hombres.

Queridos hermanos, la Santa Misa es la expresión del amor entregado de Cristo en la cruz por nuestra salvación. Al participar ahora en ella, permanezcamos en Cristo y demos fruto abundante de amor al prójimo. Que la intercesión de la Santísima Virgen Bien Aparecida nos lo conceda. Que así sea.

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