Santa Misa en la Solemnidad de Nuestra Señora de la Almudena

Homilía del cardenal D. Carlos Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

S.E. Catedral de Santa María la Real de la Almudena, Madrid
Miércoles, 9 de noviembre de 2022

Querido Sr. Cardenal Antonio María, Arzobispo emérito de Madrid; Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad en España; Sr. Arzobispo castrense; queridos obispos en la Provincia Eclesiástica y obispos que habéis querido haceros presentes, obispos auxiliares de Madrid; Excmo. Cabildo Catedral; queridos hermanos sacerdotes.

Excma. Sra. Presidenta de la Comunidad de Madrid; Excma. Sra. Presidenta de la Asamblea de Madrid; Excma. Sra. Delegada del Gobierno en Madrid; Excmo. Sr. Alcalde de Madrid; Autoridades civiles, militares, jurídicas y universitarias; querida representación de las órdenes militares.

Queridos hermanos y hermanas todos.

Un año más nos unimos para honrar a nuestra Madre, la Virgen María, a quien nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, nos entregó como Madre.

Con el salmista quiero deciros a todos que con María, a quien nosotros invocamos como Nuestra Señora de la Almudena, el Señor nos ha bendecido de una manera especial. Ella nos abraza y nos señala un camino. Con su vida, nos recuerda: que estamos invitados a vivir en la alegría, pues Dios está con nosotros, acampó entre nosotros; que Él todo lo hizo nuevo y ya no hay muerte ni llanto ni dolor, y que, para aprender a vivir con esta novedad, Él nos dio a su Madre como Madre, deseando que nos acompañe en nuestra vida.

1. Vivamos en la alegría. Esta fiesta de la Virgen de la Almudena nos invita a abrir nuestras vidas al amor de Dios. María es una Maestra que nos enseña que, solamente junto a Dios, descubrimos quiénes somos nosotros. Sin Dios pasamos por este mundo como unos desconocidos para nosotros mismos y para los demás. ¿Quién te dijo que eres hermano del que tienes a tu lado?

Jesús afirmó: «Ahí tienes a tu Madre». Y yo os invito a que la recibáis en vuestra vida, en vuestra casa. Estoy seguro de que, si no abandonáis su compañía, seréis felices y viviréis la hermandad. El ser humano no tiene vida sin madre. Y María es la Madre que nos abraza sin pedirnos nada y que nos orienta y ayuda para hacer el camino con la novedad que trae Jesucristo a esta tierra.

2. Todo lo hizo nuevo. Acojamos el humanismo de la Encarnación. Sí, tenemos una Madre que nos muestra el valioso poder unificador y reconciliador de la fe, que da fuerza para el perdón y es creadora siempre de fraternidad allí donde se siembren el odio y la enemistad. El humanismo cristiano hace memoria siempre del bien, de lo que nos une; da pasos hacia adelante; no mira para atrás y, si lo hace, es para no volver a repetir lo que nos rompe. Este humanismo de la Encarnación tiene futuro y crea futuro. La fe siempre ha creado patria, ciudad, convivencia; la fe nos regala siempre una manera de entender y de concebir al ser humano. Perderíamos lo mejor de nosotros mismos si desechamos lo que la fe nos regaló a través de nuestra Madre: la plena humanidad.

3. María nos invita a poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo. Ella ha dado rostro humano a Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. En verdad, Jesucristo está en el centro de la vida de María, nuestra Madre. Y Ella pone en el centro de nuestra vida a Jesucristo. Así lo quiso el Señor desde la cruz. Por María nos vino quien es el fundamento del verdadero humanismo, del humanismo verdad del que con tanta fuerza hablaba san Pedro Poveda: «Un humanismo henchido de Dios».

Hace un momento nos recordaba el profeta Zacarías: «Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti». ¡Qué hondura alcanza la vida humana cuando ponemos a María, nuestra Madre, a nuestro lado! A través de Ella entendemos lo que somos: Dios se hace hombre y el hombre recibe una dignidad totalmente nueva. María presta la vida tras la petición que Dios le hace a través del ángel: «Hágase en mí según tu Palabra». El respeto a la dignidad humana y la atención a los derechos humanos son fruto de la fe en la Encarnación de Dios. Separados de la fe en Jesucristo abandonamos el fundamento de la dignidad humana.

Con María aparece la cultura cristiana, que es una cultura de amor al prójimo, una cultura de la misericordia y, por ello, también una cultura de la justicia social. Desde el mismo inicio del cristianismo se incluye en esta cultura el amor a los débiles, los enfermos, los pobres y los ancianos; a los que, según los criterios de este mundo, muchas veces se consideran inútiles y a los que, en un contexto como el actual de guerra e incertidumbre, peor lo pasan. No es una cultura de la mente, sino una cultura del corazón.

María, nuestra Madre, nos alienta a vivir y a construir siempre la paz y la reconciliación, a dar vida siempre. Es hora y tiempo de arrodillarnos; es la hora de reconocer que el mundo pertenece a Dios y no al mal, por mucho terreno que pueda ganar este. Urgen hombres y mujeres que abran su corazón a Dios y que hagan presente su amor con obras. María, nuestra Madre, nos ayudará.

Ahora entenderemos la sublime estampa que nos ha entregado el Evangelio que hemos proclamado. Jesús está en la cruz. María contempla a su Hijo sufriendo y, junto a Ella, está el discípulo al que tanto quería, Juan. Ahí sucede algo extraordinario para todos los hombres: Jesús nos regala como Madre a su Madre, a la mujer que Dios eligió para tomar rostro humano y estar con nosotros y entre nosotros. Y lo hace con esas palabras que hemos escuchado: «Mujer, ahí tienes a tu Hijo». A Juan, en el que estamos todos, le dice: «Ahí tienes a tu Madre».

Acógela, pues te abraza como Madre, te orienta en el camino y te ayuda en todos los momentos y circunstancias de tu vida. La historia recobra fuerza y luz por Ella.

Santa María de la Almudena, ruega por nosotros. Amén.

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