Tiempo de peregrinación y eternidad

Carta de Mons. D. Luis Javier Argüello Pérez
Arzobispo de Valladolid

Diciembre 2022

¿Quién tiene razón? ¿Aquel que dice que todo fluye, que todo es nuevo, o el que afirma que no hay nada nuevo bajo el sol? ¿Quién acierta al medir el tiempo? ¿Quien dice que todo da vueltas sobre sí mismo, que vivimos en un permanente ciclo en el que las cosas vuelven y se repiten, y que cuando parece que avanzamos en un recodo del círculo, nos volvemos a encontrar con lo que ya ocurrió; o quien, por el contrario, confía en un avance progresivo, en la permanente capacidad humana de renovar, de progresar y de transformar?

La perspectiva cristiana del tiempo lo comprende como un concepto abierto en el que avanzamos, peregrinamos hacia una plenitud que de alguna manera ya está en nuestros corazones y, desde luego, absolutamente, en Jesucristo, Rey de la Historia y Señor del Universo, solemnidad que celebrábamos hace unas semanas. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia, en su manera de contemplar el tiempo, afirma una permanencia; un ciclo, podríamos decir. En realidad, es la presencia de lo eterno en el tiempo.

Así acabamos de comenzar el Año Litúrgico; un nuevo ciclo, incluso decimos, un ciclo litúrgico, en el que el Cristo vuelve a pasar por la Historia en el seno de una mujer embarazada, en el pesebre de Belén, en el silencio nazareno y en las calles y las plazas de las ciudades y pueblos. Vuelve a lavar los pies, a sentar a la mesa y a subir al madero de los criminales. Abre su costado y derrama sangre y agua. Resucitado de entre los muertos, nos sigue ofreciendo palabras y dichos. Y reina, y camina a nuestro lado, y viene y vendrá.

La perspectiva cristiana del tiempo supera a Heráclito y a Parménides. La perspectiva cristiana del tiempo nos hace acoger la novedad permanente de Jesucristo y al mismo tiempo caer en la cuenta de lo que significa también eso que llamamos la condición humana; con sus heridas, con sus límites, con su fragilidad, con sus deseos y con sus expectativas. La Iglesia está llamada a anunciar un permanente coloquio entre lo que permanece, lo eterno, y el tiempo; entre la historia que estamos haciendo realidad y la eternidad que ya nos visita anticipadamente por la presencia de Jesucristo resucitado. Una eternidad que nos está ofreciendo, singularmente en los sacramentos, y en el paso litúrgico por nuestras vidas.

En la perspectiva cristiana del tiempo, los límites tienen un significado distinto, porque es precisamente donde se entrecruzan la historia y lo eterno. Lo que permanece e incluso nos agobia con su repetición cíclica, y lo que nos abre, lo que nos permite experimentar el deseo, el proyecto, las posibilidades de transformación de la realidad y de edificación de una historia, ojalá, cada vez más humana.

Pero las risas y los llantos continúan; las guerras y los tratados de paz no dejan de reproducirse. En medio de esto somos peregrinos y hacemos de los límites una posibilidad de experimentar la esperanza y de vivir una invitación a la caridad. En este viaje santo y arduo estamos llamados a gemir, Maranatha, ven Señor, y no a quejarnos; estamos llamados ensanchar la tienda, a moverla y a peregrinar hasta que el Señor vuelva.

Mientras tanto, cada vez que nos juntamos decimos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección; ven Señor Jesús”.

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✠ Luis J. Argüello García
Arzobispo de Valladolid

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