La Conferencia Episcopal Española, esperanza

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo emérito, Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 4 de diciembre de 2022

La semana pasada se inició y concluyó la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. Transcurrió sin ruido mediático. Pero fue muy importante, aunque los medios no le diesen el lugar ni el relieve que cabría esperar: Se aprobó un espléndido Catecismo de adultos, que es de las cosas que la Iglesia debe ofrecer y de las más urgentes y perentorias en estos tiempos de ignorancia de la fe y de extensión de una cultura de la Increencia, de un grave abandono silencioso de muchos cristianos de la Iglesia, de una división y no pequeño desconcierto en miembros de la Iglesia , de un llamativo y expresivo desinterés social por los temas o asuntos eclesiales, de una especie de apostasía silenciosa de católicos de la Iglesia, de una cada vez más extendida secularización como si Dios no existiese ni la Iglesia importase para la vida pública, social y privada.

Un panorama que puede parecer sombrío, aunque cabe señalar otros muchos datos que son de gran esperanza y de futuro que a todos atañe y preocupa, y les importa. Otro gran documento que la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal aprobó fue el que lleva por título: “PERSONA, FAMILIA, SOCIEDAD”, que de forma no reactiva, sino como respuesta iluminadora ante la gravísima situación social, cultural y política que vivimos en España y Occidente hemos ofrecido como servicio al mundo de hoy; va a la raíz de las patologías que nos aquejan y ofrece luz que puede ser asumida y acogida por todo; se trata de un documento que podría estar entre los grandes documentos de la Conferencia Episcopal y que tanta expectativa e interés despertaron en, tiempos anteriores Y se moja de verdad. Es cierto que no se tocan todos los temas que en estos momentos se deberían iluminar.

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Ante la fiesta de Cristo Rey

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo emérito, Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 27 de noviembre de 2022

Tras la fiesta de Cristo Rey, el domingo pasado, y en medio de tiempos nada fáciles, renovamos y proclamamos aquella confesión de fe y esperanza con que murieron asesinados muchos mártires de tiempos recientes en México o en España dando su vida en amor y perdón, pidiendo a Dios que venga a nosotros su reino de amor, paz, verdad, libertad y salvación. Al reconocer a Jesucristo “Rey y Señor”, como los antiguos cristianos, aspiramos a un mundo más humano gracias a su divina y universal Presencia, que es amor y misericordia, verdad y paz.

Hago mío, a este, propósito enteramente, el lúcido y certero pensamiento del Papa Benedicto XVI que expresó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en abril de 2008: “Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos, es un error retroceder hacia un planteamiento pragmático, limitado a determinar un ‘terreno común’ minimalista en los contenidos y débil en su efectividad”. No bastan, cierto, planteamientos pragmáticos de muy cortas miras y carentes de horizontes, sobran estériles pragmatismos: la persona humana y su dignidad, base del bien común asentado en el reconocimiento real efectivo de los derechos humanos universales, son el fundamento que hemos de contemplar y poner en toda su consistencia, si queremos hallar el camino sanante y constructivo a seguir. Es fundamental y urgente un compromiso común en poner a la persona humana y su dignidad inviolable en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, y de considerar la persona humana y el bien común, su verdad esencial, la verdad en sí misma que nos hace libres, para el mundo de la cultura, de la religión de la ciencia, de la política, de las relaciones humanas… Sobre esta base, amplia base, cuyo ámbito no se puede restringir, y sin ceder a una concepción relativista ni ideológica, habría que caminar y edificar para alcanzar y gozar de un futuro nuevo y esperanzador, una cultura y una civilización nuevas, que entre todos hemos de configurar, en diálogo y encuentro, sin imposiciones. 

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Despedida en la Catedral: Invitación

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo emérito, Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 20 de noviembre de 2022

Queridos hermanos y hermanas:

El día veintisiete del presente mes, primer domingo de Adviento, días previos a la Inmaculada, si Dios quiere, celebraré con vosotros, mis muy queridos diocesanos, a las seis de la tarde la Eucaristía de despedida en la Catedral, antes de retirarme al seminario de Moncada, para orar y vivir los años que Dios me conceda, prosiguiendo adecuadamente el ministerio episcopal que la Iglesia me encomendó hace más de 30 años.

Os invito a todos y os ruego que vengáis los que podáis. A todos me gustaría despedir, abrazar, agradecer y pedir perdón; con todos deseo unirme en la misma comunión en el Cuerpo del Señor que nos hace ser su Iglesia; por todos quiero orar; con todos, anhelo dar gracias al Señor.

Algunos me piden que haga balance de este tiempo de gracia -más de ocho años- que Dios me ha concedido estar con vosotros, sirviéndoos, siendo enteramente para vosotros, en expropiación de mi persona. Hacer balance es hacer juicio. No sé hacerlo. Y es pronto para hacerlo. Lo dejo en las manos de Dios. Y ante Él lo único que puedo hacer es darle gracias, por su infinita misericordia y por todo lo bueno que Él ha hecho a través de mi ministerio en estos ocho años.

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¡Cuántos recuerdos y alegría en el primer viaje de Juan Pablo II a España!

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo emérito, Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 13 de noviembre de 2022

¡Sin volver una y otra vez a ellos por el significado y valor que entrañan, en sí y para nuestro hoy! Así pasa con la primera visita del San Juan Pablo II, “el Grande”, a España. Peros se está cumpliendo en este mes de noviembre, el 40 aniversario de la primera visita de Juan Pablo II a España. Ni podemos, ni debemos olvidarla. Estuvo con nosotros diez días. Vino como “Testigo de esperanza”. En verdad, fue una corriente de aire fresco, germinó una nueva primavera, un renacer a una esperanza viva para la Iglesia en España, y para la sociedad española, y un abrir sendas de futuro que siguen abiertas. Supuso, sin duda, para los católicos españoles un antes y un después. Su viaje tuvo un “carácter exclusivamente religioso-pastoral por encima de propósitos políticos o de parte”. La ocasión era rendir homenaje a la “gran santa española y universal”, Teresa de Jesús, en el IV centenario de su muerte. Vino a nosotros, como enviado de Dios y en su Nombre, para “confirmar nuestra fe, confortar nuestra esperanza”, y dar ánimo y “alentar energías de la Iglesia y de las obras de los cristianos”. Nada más pisar y besar tierra española, en el Aeropuerto de Barajas, al saludarnos por primera vez, dijo: “Vengo a encontrarme con una comunidad cristiana que se remonta a la época apostólica. Vengo atraído por una historia admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron esa Iglesia, fortalecieron su fe, la defendieron en momentos difíciles y le dieron nuevos hijos en enteros continentes… Esa historia, a pesar de las lagunas y errores humanos, es digna de toda admiración y aprecio. Ella debe servir de inspiración y estímulo para hallar en el momento presente las raíces profundas del ser de un pueblo. No para hacerle vivir en el pasado, sino para ofrecerle el ejemplo a proseguir y mejorar en el futuro”. El Papa no ignoraba las tensiones, “a veces desembocadas en choques abiertos, que se han producido en el seno de nuestra sociedad”, ni le era desconocida la realidad de una muy valiosa transición social y política en la que nos hallábamos insertos, en aquellos momentos, como tampoco ignoraba ni se le ocultaba el fuerte proceso secularizador y de profundo cambio cultural al que nos arrastraba el momento. Por eso, allí mismo, nada más llegar, dijo aquellas palabras que, para mí, son como la clave de su primera visita y de cuanto vino diciendo a lo largo de su dilatado pontificado a la Iglesia en España, hasta su último mensaje en la última “Visita ad Limina” de un grupo de Obispos españoles poco antes de su muerte, y, sobre todo, en su último viaje a España en el que nos dejó aquel como “su testamento” para nosotros: “España evangelizada, España evangelizadora, ése es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el futuro”.

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Todos llamados a la santidad

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo emérito, Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 6 de noviembre de 2022

Estos días atrás leía una acusación a un grupo político a otro que “era una indecencia el no suscribir un pacto sobre el CGPJ”. Es posible, no lo sé porque no ha sido trasparente la información sobre este hecho y sus antecedentes. Pero lo que sí es trasparente y diáfano que muestran una grave indecencia, muy grave, han sido las aprobaciones de diversas leyes en contra de la vida y en favor de la muerte como las referidas a la eutanasia, al aborto, a la que cercenan y limitan la objeción de conciencia, a la ley “trans” y otras: ¿Esto es decente o por el contrario son disposiciones de una clara y grave e inmunda indecencia por parte de quienes las han aprobado o los apoyan directa o indirectamente? Seamos honestos y decentes por favor: esas disposiciones más que indecentes son perversas e inicuas.

Vivimos “tiempos recios” y el mundo necesita un cambio. Se necesita algo nuevo. Se habla de “nuevo orden” y de tantas otras cosas que entrañan cambios importantes, estructurales, pero lo que hace falta es el cambio de las personas, mentes y corazones, hace falta una realidad humana nueva, hombres y mujeres nuevos con la novedad del Evangelio del amor sin límites y a todos. Una Iglesia de santos en estos momentos contribuirá de manera decisiva a ese cambio y a esa novedad.

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Defendamos la democracia

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo emérito, Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 30 de octubre de 2022

En los momentos que vivimos quiero expresar mi parecer una vez más, que parece que estemos olvidándola, y es la democracia. La recta razón reclama que la sociedad libre, democrática, justa y en paz, se asiente en unos valores, derechos y principios básicos, inmanipulables, no negociables y válidos para todos, son además pre-políticos y no coyunturales. Lo contrario la pondría en serio peligro.

Por eso la democracia y las democracias necesitan de una base antropológica adecuada. La sociedad democrática es posible en un Estado de derecho, más aún, sobre la base de una recta razón y recta concepción de la persona humana. La persona humana y su dignidad, el hombre, el ser humano, es la base y el fin inmediato de todo sistema social y político, especialmente del sistema democrático que afirma basarse en sus derechos y en el bien común que siempre debe apoyarse en el bien de la persona y en sus derechos fundamentales e inalienables, entre los que habría que contar con los derechos sociales, que presuponen los derechos de la persona. Principio básico para una sociedad democrática es que “todo hombre es un hombre”, una persona humana con toda su dignidad, verdad y grandeza, y en ello se basan los derechos sociales.

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¡Por la vida! ¡Por la paz!

Carta* del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 23 de octubre de 2022

Hermanos y hermanas, muy queridos en el Señor, amigos todos, nos reunimos al lado de nuestra Madre, la Virgen de los Desamparados y de los Inocentes, de todas las periferias existenciales y ninguna como la amenaza de muerte, y, juntos, la invocamos como Madre de la vida, la que ha dado a luz y alimentado al que trae y quiere la vida y es la vida. Apostamos por la vida y con la oración que tanto le agrada, el Santo Rosario, le pedimos que se respete la vida; venimos esta noche a esta plaza a rezar el santo Rosario a los pies de María, Madre de los Desamparados, por la vida y por la paz. 

En este mundo nuestro tan calcinado y desierto por la “cultura de la muerte” resuena, una vez más, con fuerza la voz libre y profética de la Iglesia, cargada de esperanza, que grita y anuncia el Evangelio, la Buena Noticia, de la vida: porque el Evangelio del amor de Dios al hombre, en efecto, el Evangelio de la dignidad inviolable de la persona humana, y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio, el que trae la paz.

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Apertura del Año Judicial del Tribunal Eclesiástico de Valencia

Discurso del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Administrador apostólico de Valencia

Valencia, 21 de octubre de 2022

Excelentísimo y Reverendísimo Sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado, Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Nuncio de Su Santidad en España, Excelentísima Presidenta del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, Ilustrísimo Señor Vicario Judicial del Arzobispado de Valencia, Muy queridos hermanos en el Episcopado, Dignísimas autoridades judiciales, civiles, académicas y militares, Señores Vicarios Judiciales y miembros de los Tribunales y profesionales del foro, Señoras y señores.

Palabras iniciales

Quiero que mis primeras palabras sean de agradecimiento al Santo Padre, el Papa Francisco, por su voluntad de que siga al frente de esta porción del pueblo de Dios hasta que tome posesión mi hermano Enrique Benavent, en cuyo favor os pido numerosas oraciones para el ejercicio de su ministerio como Padre y Pastor.

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Ante la quiebra del hombre: volver a Dios

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Administrador apostólico de Valencia

Domingo, 16 de octubre de 2022

Como otros muchos, observo con gran preocupación el momento que estamos atravesando en nuestra sociedad española. Es un momento muy difícil. Me preocupa ciertamente el momento político y económico, pero sobre todo me preocupa el momento humano. Este, a mi entender, es muy delicado.

Ha habido un proyecto de cambiar todo de arriba abajo. Qué duda cabe: era necesaria una renovación en profundidad de nuestra sociedad. Pero el proyecto cultural que se ha implantado no lo ha logrado. Al contrario. Ha traído consigo un grave deterioro y una irreparable quiebra de humanidad.

Se ha buscado una sociedad “nueva”, “moderna”, “tolerante”, “progresista”. La sociedad española ha estado afectada por una tendencia hacia la ruptura y la innovación cultural, con un cierto rechazo o menosprecio del pasado cultural y con una fuerte seducción ante lo nuevo. El “cambio” ha sido palabra mágica durante bastante tiempo. Pero el cambio se ha hecho frecuentemente a costa del hombre, a espaldas de lo verdadero del hombre.

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Actuar ya de una vez en la educación

Carta del cardenal D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Domingo, 9 de octubre de 2022

Me preocupa como a muchos, la situación humana y moral que reflejan tantos y tantos niños y jóvenes de hoy, como también otras manifestaciones ampliamente extendidas en nuestra sociedad. La quiebra moral y humana que padece nuestra sociedad es grave: más que algunos males concretos, el peor de todos ellos es no saber ya qué es moralmente bueno y qué es moralmente malo; se confunde a cada paso una cosa con otra, porque se ha perdido el sentido de la bondad o maldad moral; todo es indiferente y vale lo mismo; todo es relativo y casi todo vale; todo permitido; todo es lo que cada uno decide por sí y ante sí como válido. Más grave aún resulta el desplome de los fundamentos de la vida humana, de la verdad del hombre, la pérdida de horizonte humano, de sentido de la vida: parece que nada queda sobre lo que asentar la vida del hombre, a no ser la voluntad o el deseo de amontonar dinero, de tener, consumir y disfrutar: “salud y dinero”, como se dice. Y más grave aún -aunque no se quiera reconocer-, por lo vasto de sus consecuencias deshumanizadoras, es el olvido o “silencio” de Dios en nuestra época que podemos caracterizar como “tiempos de indigencia”: de ese silencio u olvido deriva el ya no saber qué se es, quién se es, qué es el hombre o qué sentido tiene ser hombre y la vida del hombre, si es que tiene sentido. Está en juego la persona, el hombre, la verdad, y, consecuentemente, la convivencia humana y el futuro del hombre.

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