Santa Misa en la Solemnidad de san Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia

Homilía del
Card. BENIAMINO STELLA
Prefecto de la Congregación para el Clero

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Basílica de San Juan de Ávila, Montilla
Martes 10 de mayo de 2016

 

Querido D. Demetrio, pastor de esta Iglesia particular de Córdoba; queridos sacerdotes:

¡Qué alentadoras son las palabras de Jesús, que hemos escuchado en el Evangelio, sobre todo cuando sufrimos, nos sentimos solos o inútiles! “Vosotros sois la luz de mundo. Vosotros sois la sal de la tierra”. Con estas pocas palabras, Jesús nos recuerda dos ideas, dos realidades, muy importantes para la vida de cualquier persona: primera: hay alguien que cuenta con nosotros; segunda: hay alguien que necesita de nosotros. Continuar leyendo “Santa Misa en la Solemnidad de san Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia”

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El sacerdote, testigo y ministro de la misericordia

 

Conferencia del
Card. BENIAMINO STELLA
Prefecto de la Congregación para el Clero

Al clero de la Diócesis de Córdoba
con motivo de la fiesta de San Juan de Ávila

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Montilla, 10 de mayo de 2016

Querido D. Demetrio, pastor de esta Iglesia particular de Córdoba; queridos sacerdotes:

Siempre ha sido para mi motivo de satisfacción y alegría convivir y compartir con sacerdotes, mucho más desde que Su Santidad, el Papa Francisco, me encomendó la misión de dirigir la Congregación para el Clero. Más grandes son la alegría y la satisfacción al poder hablar con vosotros junto al sepulcro de San Juan de Ávila, en este lugar en el que se palpa, después de cinco siglos, la presencia y la santidad de este doctor de la Iglesia y patrón del clero secular español.

Quisiera compartir algunas reflexiones acerca del sacerdote como testigo y ministro de la misericordia de Dios, por razones obvias. Hablaré, en primer lugar, de nuestro ser testigos y, a continuación, de nuestra misión como ministros; porque nadie puede dar lo que no tiene, nadie puede transmitir, como ministro, la misericordia que antes no ha recibido, como mendigo, y experimentado, como testigo. Para desarrollar esta conferencia, voy a apoyarme en la palabra de dos personas, muy conocidas y muy queridas para todos nosotros: San Juan de Ávila y el Papa Francisco.

1. El sacerdote, testigo de la Misericordia

Comienzo con una afirmación un poco atrevida: no podemos dar por hecho que nosotros, los sacerdotes, experimentemos cotidianamente la misericordia de Dios, la misericordia gratuita de Dios. Muchos de nosotros establecemos, más o menos a menudo, relaciones con Dios que no están marcadas por la misericordia, que se parecen más a un “comercio”, en el que las personas nos ganamos la misericordia de Dios, bien con nuestra rectitud moral, bien con nuestros compromisos sociales. La herejía pelagiana se nos cuela por los pliegues del orgullo, hasta llegar al corazón y cerrarlo a la posibilidad de acoger la misericordia gratuita de Dios.

San Juan de Ávila, como explicaremos más adelante, nos anima a establecer relaciones gratuitas con Dios, relaciones que nacen sólo del amor y la misericordia de Dios, no del miedo al castigo por hacer el mal, ni del premio merecido por hacer el bien. Con pocas y precisas palabras lo explica en su obra más conocida, el Audi Filia: “Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra”, que evoca el tan conocido soneto a Cristo crucificado:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

¡Ojalá que todos nosotros experimentemos habitualmente la misericordia gratuita de Dios, en nuestro encuentro personal con Jesucristo, más allá de nuestros éxitos pastorales y de nuestros fracasos morales! ¡Ojalá tengamos el deseo de seguir sintiéndola cada día en nuestra vida! La misericordia, como el maná, es un don que debemos pedir y acoger cada día. No podemos “vivir de rentas”, de la misericordia que un día sentimos, no podemos hablar de teorías o de experiencias que se quedaron en un pasado más o menos lejano.

Para acoger la misericordia de Dios propongo dos caminos complementarios, que vinculo a dos sacramentos que han marcado nuestra vida: el sacramento del bautismo y el sacramento del orden.

1.1. Vivir la misericordia en nuestra vocación bautismal

No podemos dar por vivida esta realidad. Los sacerdotes somos, antes que ministros, bautizados, fieles cristianos. Os invito a recordar la estructura definitiva de la Constitución Apostólica Lumen Gentium. Aunque los primeros borradores proponían hablar primero de la jerarquía y, a continuación, de los fieles cristianos, los Padres conciliares cambiaron este presentación y dedicaron los dos primeros capítulos a describir lo que atañe a “todos” los bautizados, los capítulos tercero y cuarto explican lo que corresponde a “algunos”. Al respecto, el Código de Derecho Canónico también es muy certero, cuando utiliza la expresión “fieles” referida a todos los bautizados, no sólo a los laicos.

En este sentido, es esencial que los sacerdotes seamos “fieles”, fieles cristianos, que aprovechemos los medios ordinarios de la vida cristiana: la oración, la “recepción”, no sólo la presidencia, de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de la Reconciliación, la vivencia de la comunidad cristiana, el ejercicio de la caridad, la lectura meditada de la Palabra de Dios, más allá de las homilías que hayamos de preparar…

Quisiera subrayar la importancia de que los sacerdotes nos arrodillemos ante el confesor, para acoger la gracia del sacramento de la Reconciliación. El mismo Papa Francisco nos anima con su ejemplo y su palabra. En la entrevista publicada por La Civiltà Cattolica, el 19 de septiembre de 2013, se presentó como un pecador al que el Señor ha dirigido su mirada. A través de la Iglesia, también nosotros recibimos la misericordia de Dios que, por una parte, perdona nuestros pecados y, por otra parte, nos hace capaces de acoger, con un corazón curado y ensanchado, el don de su amor. El sacerdote es un pecador perdonado y esta experiencia nos capacita para ser canales del amor misericordioso de Dios. La vergüenza por nuestros propios pecados nos convierte en hombres compasivos con los errores ajenos. La alegría por el perdón recibido, sin merecerlo, nos permite ayudar a los penitentes a experimentar el gozo de sentir el abrazo amoroso de Dios.

A través de todos estos medios “ordinarios”, comunes a todos los fieles cristianos, experimentamos el amor y la misericordia de Dios, un amor y una misericordia que han de marcar nuestra existencia y dar forma a la misión que nos ha sido encomendada.

Permitidme que os recuerde siete aspectos de la espiritualidad cristiana, que subrayó el patrón del clero español y que, después de tanto tiempo, no han perdido actualidad:

1. La espiritualidad cristiana es participación de la vida divina y obra del Espíritu: “Esta unión de que se dice, obra del Espíritu de los perfectos” (Plática 3ª). Nace y crece por la “espirituación del Espíritu Santo”, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cfr. Ser 30, 78, 309). Ser cristiano es un don del Dios uno y trino, un don gratuito que precede y desborda cualquier merecimiento de nuestra parte, que nosotros hemos de acoger libremente: “Ensanche vuestra merced su pequeño corazón en aquella inmensidad de amor con que el Padre nos dio a su Hijo; y con él nos dio a sí mismo, y al Espíritu Santo y todas las cosas” (Carta 160, 14ss).

2. Por tanto, la ascesis o la abnegación, de la que habla San Juan de Ávila, nunca la concibe como medio para merecer la misericordia de Dios, sino como un medio para acoger el don de su amor. Negarse a sí mismo tiene sentido en cuanto que hace posible acoger la gracia de Dios: “Si os sacudís de eso que es vuestro, recibiros ha el Señor en lo que es suyo… en su amor. Mas, mientras os tuviéredes a vos, no recibiréis a El. Desnuda os quiere Cristo, porque El os quiere dotar, que tiene con qué; porque de vos, ¿qué tenéis, sino deudas?” (AF 99, 10484ss).

3. La vida cristiana es un proceso continuado, a veces doloroso, a través del cual “el corazón” (la persona entera) se purifica de apegos y se entrega progresivamente a Dios: “No quiere Dios sino el corazón… no se contenta Dios con todo si no le dais el corazón” (Plática 16ª, 304ss). Este proceso es posible porque, por muy lejos que nos sintamos de Dios, Dios mismo nos lleva en su corazón: “¡Oh si viésemos cuán metidos nos tiene en su corazón y cuán cerca estamos de Dios cuando a nosotros nos parece que estamos alanzados!” (Carta 20 -2-, 233ss).

4. En este proceso, la persona se configura con Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo y tiene como modelo a María: “Hermano, pasa adelante… Así como hallaste a la Virgen fuerte y piadosa para que salieses de la escuridad de la noche a la lumbre del alma, de la mesma manera la hallarás también para que crezcas en la buena vida que con su oración te alcanzó” (Ser 60, 651ss).

5. San Juan de Ávila anima continuamente a la relación con Dios: “Si tuviésedes callos en las rodillas de rezar y orar, si importunásedes mucho a Nuestro Señor y esperásedes de Él que os dijese la verdad, otro gallo cantaría. ¿Quieres que te dé su luz y te enseñe? Ten oración, pide, que darte ha. Todos los engaños vienen de no orar” (Ser 13, 560ss). La oración es también don del Espíritu: “La oración que no es inspirada del Espíritu Santo, poco vale; la que no se hace según Él, la que no inspira y ordena Él, de muy poco fruto es, poco aprovecha” (Ser 30, 41ss).

6. El amor es el criterio que nos ayuda a encauzar y a valorar nuestra vida cristiana: Dice en una carta: “Todo cuanto hacen nace del amor; y ansí no sola la voluntad está enamorada de Dios, pero todas las potencias exteriores e interiores obran por amor” (Carta 222, 631ss). Y en un sermón: “Rezas mucho, pero no amas a Dios, no amas al prójimo, tienes el corazón seco, duro, no partido con misericordia; no lloras con los que lloran; y si esto te falta, bien puedes quebrarte la cabeza rezando y enflaquecerte ayunando; que no puso Dios en eso la santidad, principalmente, sino en el amor” (Ser 76, 232ss).

7. Esta espiritualidad es esencialmente misionera: Dice: “este negocio de predicar las buenas nuevas del Evangelio es muy grande” (Sermón 18). Jesús es el gran evangelizador y “quiso tomar ayudadores” (Sermón 81) para continuar su misión.

En estos siete puntos resplandece la primacía de la gracia, la iniciativa de Dios que hace posible la vida, la oración y la misión de cada cristiano y de la Iglesia en su conjunto. El Santo Padre, siguiendo la huella de sus predecesores, insiste a menudo en este aspecto:

La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí[1]. Él envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor… Bien lo expresaba Benedicto XVI al abrir las reflexiones del Sínodo: «Es importante saber que la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser —con Él y en Él— evangelizadores»[2] (EG 112).

No me da tiempo de detenerme más en este aspecto; pero sí quiero recomendarles y recomendarme la importancia de aplicarnos a nosotros mismos lo que predicamos a los fieles respecto a la espiritualidad cristiana y sus “medios ordinarios”: la oración cotidiana, la recepción de los sacramentos, el encuentro con el Pueblo de Dios, la misión…

1.2. Acoger la misericordia en el ejercicio del ministerio sacerdotal

Pasamos del sacramento del bautismo al sacramento del orden. El Decreto Presbyterorum ordinis, del Concilio Vaticano II, sostiene que, a través del ejercicio del ministerio recibido, los sacerdotes se ordenan a la perfección de vida, a la santidad (cf. nn. 12 y 14).  Esta idea fue desarrollada en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores Dabo vobis (cf. nn. 24.26). En este Año jubilar, bien podemos afirmar, siguiendo la enseñanza conciliar, que el ejercicio de ministerio es fuente de misericordia para nosotros, los sacerdotes.

Estas afirmaciones contradicen algo que muchos de nosotros hemos escuchado más de una vez: que la oración personal es fuente de espiritualidad, fuente de misericordia, mientras que el ejercicio del ministerio es solamente ocasión de desgaste. Este planteamiento, que tiene su parte de verdad, ya que refleja experiencias concretas que todos hemos sufrido alguna vez y, además, nos recuerda la importancia del encuentro con Dios en la vida de un presbítero, es sin embargo muy incompleto, en la teoría y en la práctica.

Por eso, esta bella enseñanza conciliar, que aplicamos hoy a la misericordia, ha de probarse y verificarse en el tamiz de la realidad. A este respecto, el Cardenal Carlo María Martini planteó una pregunta muy interesante a los participantes en el Congreso sobre Espiritualidad Sacerdotal, organizado por la Conferencia Episcopal Española, hace casi 30 años, en 1989[3]: ¿nos santifica, de hecho, nuestro ministerio de presbíteros y obispos?

En esta mañana, también nos preguntamos: ¿De qué manera, el ejercicio del ministerio es habitualmente fuente de misericordia para nosotros? Sería muy hermoso y edificante escuchar vuestras experiencias. Cada uno de vosotros podría compartir hechos concretos en los que habéis recibido la misericordia de Dios a través del ejercicio del ministerio.

Siguiendo la interesante intuición del Cardenal Martini, os invito a responder a esta pregunta mediante la reflexión sobre los diversos tiempos de la propia vida ministerial, unos más puntuales, otros más prolongados:

1. Considerando los tiempos breves, ¿la preparación de la homilía y la misma predicación me ayudan a caer en la cuenta de la misericordia que Dios derrama sobre mí en cada momento? ¿leyendo y conociendo los misterios de Dios en la vida de los demás, a través de la confesión, conozco mejor el misterio de amor de Dios en mi vida? ¿la celebración de la Eucaristía es el encuentro culmen con el Dios de la misericordia? ¿la presidencia del Consejo de pastoral parroquial me permite descubrir y colaborar con la acción de Dios manifestada en el Pueblo de Dios?

2. Atendiendo a los tiempos medios, ¿cómo he experimentado la misericordia de Dios en el acompañamiento habitual de una persona o de un grupo de laicos, en la preparación continuada de una actividad pastoral importante, o en el desarrollo de una misión o de un plan de pastoral? Tres ejemplos más concretos: ¿cómo he percibido la misericordia de Dios en la preparación previa a una Jornada Mundial de la Juventud? ¿de qué manera se ha hecho presente la misericordia divina en el, todavía reciente, Año jubilar de San Juan de Ávila? ¿cómo estoy acogiendo la gracia de este año extraordinario de la misericordia?

3. Analizando los tiempos largos, damos cabida a aspectos que pueden escapar en la reflexión sobre los tiempos cortos y medios: cansancio, enfermedad, desaliento… En este tercer apartado nos preguntamos, ¿cómo he sentido la misericordia de Dios a lo largo de mi ministerio presbiteral, desde el inicio hasta hoy o en el tiempo en el que he servido a una determinada comunidad parroquial? Sentir la misericordia de Dios en estos tiempos largos conlleva un crecimiento humano, cristiano y apostólico, que se manifiesta en el aumento de la paz interior, de la capacidad para descubrir la presencia de Dios en la cotidianidad y para comprender las limitaciones propias y ajenas: feligreses, compañeros sacerdotes…

Termino esta primera parte con un texto precioso del Papa Francisco en la Misa Crismal de este año, que nos invita a ser conscientes y agradecidos de la misericordia que Dios nos brinda continuamente: Cada uno de nosotros, mirando su propia vida con la mirada buena de Dios, puede hacer un ejercicio con la memoria y descubrir cómo ha practicado el Señor su misericordia para con nosotros, cómo ha sido mucho más misericordioso de lo que creíamos.

2. El sacerdote, ministro de la Misericordia

Hemos sido bendecidos con la misericordia de Dios para bendecir a los hermanos. Hemos sido perdonados, para perdonar. Hemos sido amados para amar. Por eso, tras recordar y agradecer la misericordia que Dios nos regala en nuestro ministerio y en toda nuestra vida, dediquemos la segunda parte de esta reflexión a pensar cómo somos y cómo podemos ser ministros de la Misericordia divina. El Santo Padre Francisco nos guiará en esta reflexión.

En la Misa crismal de este año, nos dijo: Como sacerdotes, somos testigos y ministros de la Misericordia siempre más grande de nuestro Padre; tenemos la dulce y confortadora tarea de encarnarla, como hizo Jesús, que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38), de mil maneras, para que llegue a todos.

Toda nuestra vida debe ser transparencia de la misericordia de Dios: la oración, el trabajo y las pocas vacaciones que podamos tener; la catequesis y las celebraciones; el despacho parroquial, el acompañamiento a los laicos y la animación de la acción caritativa-solidaria de la parroquia. ¡Qué bueno sería que los sacerdotes y las diversas comunidades cristianas hiciéramos en este Año jubilar de la misericordia una revisión a fondo de todas nuestras actividades y actitudes, para tomar conciencia de todo lo que nos ayuda a ser cauces de la misericordia de Dios y, también, de aquello que lo impide o lo dificulta! Necesitamos urgentemente convertirnos y, de esta manera hacer realidad el deseo del Santo Padre:

La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo (MV 10).

Hemos dicho que toda nuestra existencia debe ser transparencia de la misericordia de Dios. Sin embargo, bueno será que nos detengamos en aspectos concretos, que hoy resultan especialmente importantes y decisivos. En la aludida homilía de la Misa Crismal de este año, el Papa Francisco subrayó dos ámbitos en los que el Señor se excede en su Misericordia. Dado que es él quien nos da ejemplo, no tenemos que tener miedo a excedernos nosotros también: un ámbito es el del encuentro; el otro, el de su perdón que nos avergüenza y dignifica.

2.1. El ámbito del encuentro

La pastoral habitual de los sacerdotes nos ofrece muchas ocasiones de encuentro con personas de todo tipo, creyentes y no creyentes: el despacho parroquial, la atención a las familias de los niños y jóvenes que participan en la catequesis parroquial, las visitas a los tanatorios o a las casas de las familias que han perdido un ser querido, la acogida a los turistas que visitan nuestros templos, la participación en las fiestas o en otros acontecimientos del barrio…

No hace mucho me contaron la historia de una pareja de novios que había decidido casarse ante las autoridades civiles y habían dado los primeros pasos en este sentido. Sin embargo, en unas vacaciones, conocieron a un sacerdote llamado Benjamín, que les acogió con tanto cariño en su parroquia, que finalmente decidieron casarse por la Iglesia. Los novios comentaban que los funcionarios que los habían atendido en el Registro Civil los habían tratado con la misma frialdad con que se compra un campo o se vende una casa; en cambio en este sacerdote habían experimentado una acogida cercana y cordial. Al escuchar esta experiencia, recordé las palabras del Papa Francisco en su famosa entrevista concedida al P. Spadaro, director de la Civiltà Cattolica:

La primera reforma debe ser la de las actitudes. Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse. El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios clérigos de despacho.

2.2. El ámbito del perdón

El otro ámbito en el que vemos que Dios se excede en una Misericordia siempre más grande, es el perdón mismo, dijo el Santo Padre en la Misa Crismal. La Iglesia (y el sacerdote) ha de ser instrumento del perdón y de la reconciliación en una sociedad dividida por los intereses económicos, las ideologías políticas, los prejuicios contra grupos sociales de muy diversa índole… Este ámbito del perdón ha de manifestarse en toda nuestra existencia, en nuestras relaciones con los compañeros sacerdotes, con los laicos de la parroquia… El perdón, además, tiene un lugar privilegiado para nosotros: el sacramento de la Reconciliación. A este respecto, os recuerdo dos textos de nuestro querido Santo Padre:

Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado… No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia (MV 17).

Algunas veces no se puede absolver. Hay sacerdotes que dicen: «No, de esto no te puedo absolver, márchate». Este no es el camino. Si no puedes dar la absolución, explica diciendo: «Dios te ama inmensamente, Dios te quiere mucho. Para llegar a Dios hay muchos caminos. Yo no te puedo dar la absolución, te doy la bendición. Pero vuelve, vuelve siempre aquí, así cada vez que vuelvas te daré la bendición como signo de que Dios te ama». Y ese hombre o esa mujer se marcha lleno de alegría porque ha encontrado el icono del Padre, que no rechaza nunca; de una forma o de otra lo abrazó (Discurso del Papa Francisco a los participantes en del congreso organizado por la Congregación para el Clero, 20 de noviembre de 2015).

2.3. El ámbito de la familia

Tenemos entre las manos, todavía caliente, la Exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia, sobre el amor en la familia. Os animo a leerla y a meditarla con paz. En el texto, el Santo Padre utiliza la palabra “misericordia” más de 40 veces y dedica un apartado a la llamada “lógica de la misericordia pastoral” (cf. nn. 307-312):

Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, «no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino» (EG 45). Los pastores, que proponen a los fieles el ideal pleno del Evangelio y la doctrina de la Iglesia, deben ayudarles también a asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes. El mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos (cf. Mt 7,1; Lc 6,37).

2.4. El ámbito de la caridad

Europa está viviendo una situación de crisis humanitaria sin precedentes, con la situación de los refugiados y los inmigrantes que huyen de la guerra y el hambre y encuentran cerradas las puertas de nuestro continente. Además, en España, como en tantos países del entorno, todavía son visibles las consecuencias de una crisis económica que ha dejado a tantas personas y a tantas familias en la indigencia. Por respeto a estas personas que sufren y por coherencia evangélica, no podemos olvidar que en este ámbito se verifica nuestra fidelidad al Señor (cf. NMI 34).

La caridad no es opcional para los sacerdotes y para las comunidades cristianas: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra (DCE 22). Que nuestra vida, nuestros gestos y nuestras palabras sean una caricia a las personas que más sufren.

El Papa Francisco es para nosotros un ejemplo a seguir, porque sus palabras en este ámbito están respaldadas por sus gestos y por su vida. Acojamos su invitación a vivir la misericordia con los pobres: Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y  espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina (MV 15).

 

Conclusión

Concluyo y resumo mi intervención con las últimas palabras de Santo Padre en la referida homilía de la Misa Crismal de este año:

En este Año Santo Jubilar, celebramos con todo el agradecimiento de que sea capaz nuestro corazón, a nuestro Padre, y le rogamos que «se acuerde siempre de su Misericordia»; recibimos con avergonzada dignidad la Misericordia en la carne herida de nuestro Señor Jesucristo y le pedimos que nos lave de todo pecado y nos libre de todo mal; y con la gracia del Espíritu Santo nos comprometemos a comunicar la Misericordia de Dios a todos los hombres, practicando las obras que el Espíritu suscita en cada uno para el bien común de todo el pueblo fiel de Dios.

Qué San Juan de Ávila nos ayude a alcanzar este santo deseo. Gracias por vuestra acogida y vuestra atención.

En este Año Santo Jubilar, celebramos con todo el agradecimiento de que sea capaz nuestro corazón, a nuestro Padre, y le rogamos que «se acuerde siempre de su Misericordia»; recibimos con avergonzada dignidad la Misericordia en la carne herida de nuestro Señor Jesucristo y le pedimos que nos lave de todo pecado y nos libre de todo mal; y con la gracia del Espíritu Santo nos comprometemos a comunicar la Misericordia de Dios a todos los hombres, practicando las obras que el Espíritu suscita en cada uno para el bien común de todo el pueblo fiel de Dios.


[1] Propositio 4.

[2] Meditación en la primera Congregación general de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (8 octubre 2012): AAS 104 (2012), 897.

[3] Conferencia Episcopal Española, Congreso de espiritualidad Sacerdotal, Ed. Edice, pp. 175-191.