Actuación del Apóstol en la colina del Areópago de Atenas

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

Quiero dedicar este artículo a quienes componen el grupo Areópago, hombres y mujeres que desean decir algo significativo en esta sociedad. Gracias de corazón por ello. Lo hago a propósito de haber leído en la Misa del miércoles 12 de mayo 2021 el texto de Hechos de los Apóstoles 17, 15.22-18,1 que habla de la peripecia de san Pablo en el Areópago de Atenas. Estamos, además, en Pentecostés, fiesta tan señalada para toda la Iglesia, con un acento en la vocación de los fieles laicos y su presencia pública.

“Discurso del Areópago”: con este nombre se suele denominar la intervención de san Pablo en Atenas, en el que predicó la verdad sobre Cristo, su resurrección y su ascensión al cielo. Su ministerio apostólico le condujo desde su Cilicia natal (Tarso, en la actual Turquía) hasta Grecia, pasando por Macedonia. Pablo se encontraba en Atenas por primera vez y, aunque la cultura griega no le era extraña, irritó la vista de la ciudad llena de ídolos a su fe monoteísta estricta. Sus palabras a los pies de la Acrópolis, en la plaza llamada “ágora”, en la que se concentraba la vida política e intelectual de Atenas, atrajo la atención de los estoicos, los epicúreos y de numerosos extranjeros, que le propusieron exponer su doctrina desde la colina del Areópago.

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Concordia y fraternidad frente a la crispación política

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

Tomo prestado el título de este escrito del editorial de la revista “Ecclesia”, nº 4073. Me parece sugerente reflexionar sobre qué pasa ahora en Europa y en nuestra España, zarandeadas ambas por esa crispación política. Pero, para situarnos un poco, me remonto al momento histórico en que se celebró el Concilio Vat. II. (1962-1965). Y precisamente porque este santo sínodo está dedicado al “misterio de la Iglesia”, sobre todo en su documento más importante (la constitución Lumen Gentium); pero también a la presentación en el horizonte de la historia de la salvación de su identidad y también en su misión en el mundo. Y para ello había que dialogar y reflexionar, o reflexionar dialogando con el mundo de hoy.

Con la comprensión de la historia, el Concilio confiaba en que podía ser escuchado; en que igualmente, tras las grandes guerras del siglo XX, era posible dejar atrás la confrontación ideológica, y que la Iglesia fuese aceptada en un diálogo renovado con las grandes corrientes de la modernidad. En aquel momento parecía claro que la salvación no se daría por la historia, pero el Concilio quería anunciar su realidad en la historia a un mundo profundamente herido. No entro ahora a juzgar cómo se ha desarrollado este intento de diálogo con el mundo en todos estos años, pues serán muchísimas las opiniones, hasta la de aquellos que piensan que la Iglesia fue muy ingenua y que olvidó su tradición en este empeño, juicio categórico que yo no acepto por injusto.

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La ideología del progreso

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

La llamada “fe en el progreso” ha recibido un formidable palo con la pandemia de COVID-19, porque por primera vez todos los habitantes de la Tierra nos sentimos directamente amenazados, en nuestras personas y familias, por el contagio de una enfermedad nueva, cuyas consecuencias todavía no conocemos, pero con un alto índice de mortalidad. Pero hay más: cada uno de nosotros, incluidos los jóvenes, nos sentimos débiles, vulnerables. Y la humanidad en su totalidad. No son sólo la vida y el nivel de vida de los individuos los que se muestran frágiles. Es la humanidad misma la que se muestra vulnerable y en peligro, sin progreso que nos salve inmediatamente.

¿No se estará cayendo uno de los mitos fundantes de la Modernidad: que la humanidad es capaz de ofrecerse a sí misma la salvación? No lo sabemos. Sin embargo, en mi opinión sigue habiendo entre nosotros el sentimiento que el progreso técnico no tiene límites y que basta con aplicar soluciones “progresistas” para salir de cualquier problema, con solo la ciencia humana. ¿Será también la única solución para el COVID-19? Son tantos los que se denominan progresistas que será difícil que salgan de ese optimismo y les costará cambiar de mentalidad para buscar soluciones mejores que autodenominarse simplemente “progresistas”. Y estos horizontes siguen influyendo mucho en nuestra sociedad, pues apuntan sólo a soluciones fáciles, cayendo en la ideología del progreso.

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“…La resurrección de la carne y la vida eterna”

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

La pregunta más seria que los seres humanos pueden plantearse es si la muerte es la última palabra, tanto para la vida individual como para la colectiva. Sabemos con absoluta certeza que todos nosotros y todos aquellos por quienes nos preocupamos moriremos. ¿Es posible salir de algún modo de esta “obligatoriedad” que es la muerte? Lo primero que me viene a la mente son unas palabras de san Agustín en un sermón sobre la Resurrección:

“La resurrección de nuestro Señor Jesucristo define la fe cristiana. Que naciera hombre como todo hombre en un tiempo dado, pero también Dios de Dios fuera del tiempo; que naciera en nuestra carne de muerte, y en semejanza de nuestra carne de pecado; que se hiciera pequeño, que superara la infancia, que llegase a la edad de hombre maduro y viviera en ella hasta la muerte: todo esto preparaba su resurrección. Porque no hubiera resucitado sin su muerte, y no hubiera muerto sin su nacimiento. Al nacer y al morir servía a su resurrección” (Sermón Morin Guelferbytanus 12: PLSuppl. 2,568).

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No al escepticismo sobre la historia humana

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

La duración de las medidas sanitarias, el cuidado que el virus lleva consigo, cansa y produce un sentimiento de hastío; a ello se une la permanente lucha para mantener el tipo en tensión. A ello se unen también problemas concretos: posible pérdida de ilusión porque parece que no avanzamos contra la pandemia; la falta de trabajo y su pérdida en muchos de nosotros; los sufrimientos de los más desvalidos; la búsqueda continua de nuevas posibilidades para mantener el clima del hogar, animar a los hijos o a los nietos, así como gestionar bien su ocio. Igualmente repercute en nuestro ánimo el desaliento que produce ver las peleas de nuestros políticos, la falta de claridad de un futuro próximo en la economía, las cifras de la pandemia, las muertes de seres queridos, de amigos, de personas que han significado mucho en nuestra vida, y un largo etcétera.

La travesía es larga y es preciso hacer muchas cosas. Hay que orar, pues, como dice el Papa, no vale quejarse y no orar nunca. Y orar de manera sencilla con otros miembros de mi familia, de mi comunidad cristiana, de mi parroquia, y aprovechar tantos recursos que me proporcionan los diferentes ámbitos que tiene mi Diócesis y sus servicios pastorales para mantener mi vida cristiana. Los sacramentos, los encuentros de formación, de voluntariado en favor de otros hermanos; en definitiva, cuanto ayude a no producir en nosotros desánimo o pérdida de la alegría de la Pascua, son muy necesarios ahora. Pero tal vez ayude también alguna reflexión, que paso a mostrar con sencillez. Le pido a Dios que sea así, para no complicarnos más la vida en sí misma compleja.

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La resurrección no es la reencarnación

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

En mi anterior escrito, dejábamos a los discípulos de Jesús desanimados y dispersos en la tarde del Viernes Santo. Su fe y su esperanza en Jesús han sufrido una prueba aparentemente no remontable. Ellos marcharon de Jerusalén y algunos, incluso, han retornado a su Galilea natal. ¿Cómo han llegado entonces a creer en la resurrección de Jesús? Este itinerario es interesante, porque han vivido un giro, un “cambio” que no fue fácil. Los textos evangélicos están llenos de sus dudas y sus resistencias ante esta experiencia nueva. Sus dificultades nos consuelan. Si los Apóstoles y los primeros testigos, que lo “vieron”, tuvieron tanta resistencia a creer, no nos extrañe que los que no lo hemos “visto”, seamos también probados en ello.

Tres fueron los signos que les atestiguaron la resurrección de Jesús: el descubrimiento de la tumba abierta y vacía; un mensaje angélico en el lugar de la tumba, según el género literario de la teofanía; y, por fin, la aparición del Resucitado. Cuando ustedes lean los relatos de las apariciones en los Evangelios, verán que es imposible establecer una cronología precisa de la manifestación de estos signos y de las mismas apariciones. Son relatos discontinuos en el tiempo y el espacio, precisamente porque se trata del Resucitado, libre de comunicarse cuándo y cómo Él quiere, sin estar sometido ya más al tiempo y al espacio. ¿Podemos, pues, fiarnos de los relatos evangélicos? Sin duda que sí, pero no debemos ahorrarnos ver estos tres signos en todo su horizonte; no hagamos como los que concluyen sin más: “Lo que dice el Evangelio de la resurrección de Jesús es una leyenda piadosa”. Ese sería el recurso más fácil y el que hacen tantos que se dejan influir por lo que dice “la gente” muy lista, pero que no pasa de ser un vulgar tópico trasnochado, del que no dan pruebas.

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La resurrección no es la reencarnación (I)

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

Lo afirmamos sin titubeos: la resurrección de Jesús está en el corazón de la fe cristiana, con el mismo título que la Pasión y la Cruz. Se puede definir a un cristiano como aquel que cree en Cristo resucitado de entre los muertos. Sé que es una afirmación provocadora que contradice la experiencia humana más universal, la del carácter irreversible de la muerte. “Nadie ha vuelto jamás de allí”, según el dicho popular. Pero la fe cristiana proclama lo contrario: “¡Sí! Un hombre ha venido de allí, Jesús de Nazaret y su resurrección es la promesa de la nuestra”.

Cierto, hay que saber ante todo qué se quiere decir con resurrección. No es la reanimación de un cadáver, que vuelve a la situación biológica anterior; tampoco estamos hablando de una interpretación desencarnada de la resurrección, de manera que se confunda con la inmortalidad del alma, noción bien conocida en tiempos de Jesús entre los griegos y los judíos helenizados. Conviene, pues, preparar pacientemente el terreno para que se entienda bien lo que proclamamos cuando decimos que Jesús ha resucitado.

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Hablemos de la Iglesia

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

La Santa Madre Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, que Cristo fundó para cumplir las promesas que el Señor hizo a Israel. Es, pues, la comunidad reunida en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, abierta a toda la humanidad, pues es católica. Esa comunidad está presidida en la caridad por la Iglesia de Roma, con Pedro y bajo Pedro, Cabeza del Colegio Apostólico, que vive en la sociedad y enviada a ella, para que hombres y mujeres puedan encontrarse con Dios en Cristo por el Espíritu Santo y vivir como hermanos. Este don que es la Iglesia no es nunca para nosotros una posesión nuestra garantizada. La vida cristiana es, por consiguiente, un constante proceso de penitencia y reforma.

Si te parecen estas palabras muy elevadas, habla de la Iglesia con tu mujer o con tu marido, con tus hijos u otros miembros de la familia, con tu vecino o amigos de una manera más sencilla. Lo necesitamos en una sociedad ramplona que apenas habla de horizontes grandes y virtuosos. La vida cristiana viene caracterizada por el Bautismo, que tiene lugar una sola vez, como testimonio de la bondad completa y suficiente por la que Dios redime al mundo, acercándose a nosotros. En el Bautismo, el Espíritu Santo actualiza el ministerio de la regeneración como realidad social, pues la Iglesia no son los obispos y los sacerdotes. Pero, mientras que el Bautismo sólo se puede realizar una vez, la Eucaristía, con su llamada implícita a la penitencia y a la reconciliación, es un sacrificio y un banquete que puede repetirse. Participando en ese banquete que se repite vivimos nuestro bautismo y participamos en el bien.

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Atrevámonos a soñar

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

Sería un milagro que sacudiría el mundo que personas extrañas entre sí se trataran como hermanos. Si, además, estos que son extraños fueran pueblos y civilizaciones, el milagro sería aún mayor. En principio, nos parece este milagro un tanto irrealizable, cuando vemos la difícil convivencia de los grupos políticos y sociales, por ejemplo, en nuestra patria. Una seria preocupación. Cabe decir lo mismo respecto de las grandes potencias mundiales. Pero, he aquí que estamos, al vislumbrar este milagro, ante la esencia del “camino humano” que el Papa Francisco nos indica con la encíclica Fratelli tutti. Tras leer este documento, ciertamente nos preguntamos: ¿cómo es posible esta fraternidad cuando los problemas son tan complejos que asfixian la vida personal y colectiva?

“Soñemos juntos” es el título de un libro muy reciente del Papa. En él nos muestra el camino a un futuro mejor, de hermanos. La pandemia de coronavirus ha puesto de manifiesto, por otro lado, inconsistencias que ya existían en nuestra sociedad y ahora aparecen con más nitidez. Mientras tanto, la política se desmorona ante una pandemia universal, única en la historia. Por todo ello, la encíclica Fratelli tutti, despierta exactamente una inquietud ante los contrastes, empezando por los más cotidianos, y plantea muchas preguntas. Una de ellas es de fondo: ¿es posible que la necesidad de “salvarnos juntos” no se quede en una mera intención, un escenario utópico, abocado a acabar en el escepticismo?

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La bondad de Dios

Carta de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo emérito de Toledo

El “bien” parece fascinarnos todavía, cuando podríamos esperar que “bien” fuera ya un término carente de sentido desde hace tiempo para varias generaciones sin formación ética y moral o con determinada manera de ver lo ético, lo bueno y lo malo. En nuestro hablar cotidiano, en efecto, la palabra “bien”, o “bueno”, no significa casi nada más que “agradable”, “correcto”, “aceptable”. Sin embargo, “bien” y “bueno” todavía significan algo más, algo inexplicable, algo que nos fascina. Y no da lo mismo “bien” y “bueno” que “mal” y “malo”.

Si yo digo: “La esclavitud fue buena para los pueblos africanos”, la frase no tiene el mismo valor que esta otra: “La esclavitud comenzó en el siglo XVII”. Esta última afirmación no tiene el mismo efecto en nosotros que la primera. Podríamos estar en desacuerdo con la persona que lo dijere y responder: “No, en realidad la esclavitud empezó en el siglo XVI”, o “ha existido desde tiempo inmemorial”. Y no diríamos que la persona que dice eso es mala, sino simplemente que está equivocada. Ante la frase “la esclavitud fue buena para los pueblos africanos”, sentimos la necesidad de responder: “No puedo consentir que digas una cosa así” o “¿cómo puedes decir eso?; porque es un uso perverso de la palabra “buena””. La persona que dice eso es una persona mala. Y decir que una persona es mala es algo más que dar simplemente una opinión.

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