Como un grano de mostaza

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 2 de octubre de 2022

Siempre me han sorprendido las palabras de Jesús sobre la fe que leemos en el Evangelio de este domingo. Cuando sus discípulos le piden que les aumente la fe, Jesús dice: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería» (Lc 17,6). Un grano de mostaza es una pizca en la palma de la mano. Apenas se ve. ¿Tan poca fe tenían los discípulos —me pregunto— que no alcanzaban lo que pedían? La hipérbole es legítima, desde luego, pero ¿hasta este extremo? ¿No tenían la fe de un grano de mostaza?

Quizás la clave de este dilema esté en lo que entendemos por fe. Quienes recitamos el Credo en la misa o en la oración personal tenemos fe, y fe verdadera. Quienes recibimos los sacramentos de la Iglesia, lo hacemos con fe. Sin embargo, la fe no es solo el contenido de los dogmas ni la convicción de que en los sacramentos recibimos la gracia de Dios. La fe es también la actitud del corazón que se fía plenamente de Dios y se adhiere a su voluntad con la certeza de que Dios no defrauda nunca. Es la total confianza en su poder y magnanimidad.

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María, la Mujer

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 25 de septiembre de 2022

Jesús se rodeó durante su ministerio del grupo de los Doce Apóstoles y de un grupo de mujeres que le ayudaban incluso con sus bienes. Algunas habían sido sanadas por él de diversos males y otras pertenecían a las clases altas de la sociedad como Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes. La tradición ortodoxa honra como santa a la mujer de Pilato, Claudia Prócula. El aprecio de Jesús a las mujeres está fuera de toda discusión como indica la elección de María Magdalena como primer testigo de su resurrección. Este grupo de mujeres aparece en la cercanía del Gólgota viendo la muerte de Jesús. A ellas se apareció Jesús cuando regresaban del sepulcro vacío. Tampoco sería extraño que Jesús contara también con mujeres simpatizantes entre las esposas de los miembros del Sanedrín —como Nicodemo y José de Arimatea— que defendieron a Jesús y le honraron en la sepultura.

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La verdadera riqueza

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 18 de septiembre de 2022

Hay ocasiones en que Jesús, como maestro de moral, «elige escandalizar a su auditorio para interpelarlo mejor» (F. Bovon). Así sucede en la parábola del administrador infiel, que leemos este domingo. Siempre ha causado sorpresa y desazón en los lectores que Jesús alabe la conducta de un administrador deshonesto, quien, al saber que su señor está a punto de despedirlo, se aprovecha de su cargo y rebaja por su cuenta la deuda de los clientes para ganarse amigos que le ayuden cuando esté en la calle.

Si leemos con atención la parábola, el dueño (que, en realidad, es Jesús) no alaba la mala conducta del administrador convertido en ladrón, sino la astucia que despliega cuando su vida peligra. «Ciertamente —dice Jesús— los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz» (Lc 16,8). La historia escandalosa que cuenta Jesús está muy bien traída, pues describe al detalle el modo de actuar de personas sin principios que no dudan en aprovecharse de su cargo en beneficio propio. Sucedía entonces y sucede ahora. Jesús no exhorta a imitar la conducta deshonesta del administrador, sino a tomar decisiones juiciosas en vistas al desenlace de la vida. Alaba su astucia, no lo que hace. La clave de la parábola está en estas palabras: «Yo os digo, ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas» (Lc 16,9).

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Más alegría

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 11 de septiembre de 2022

Las sorprendentes parábolas de la misericordia que leemos en este domingo —la dracma perdida, la oveja perdida y el hijo pródigo (no perdido)— nos descubren las entrañas de Dios tal como las conoce Jesucristo. Si hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (según ellos, claro), quiere decir que Dios necesita de los pecadores para que el cielo no se abisme en la tristeza. No se me malinterprete pensando que animo al pecado para que el cielo no pierda su alegría. Quiero decir que la alegría de Dios es infinita, como todo lo suyo, cuando un pecador se levanta del fango para volverse al Padre. Dios, descrito por Jesús, como el anciano padre que otea el horizonte con la esperanza de ver retornar a su hijo, se revela mejor a sí mismo cuando recrea que cuando crea. Crear de la nada, para Dios, es sencillo. Recrear lo malogrado es un acto tan infinito de humildad, que solo se explica por la alegría —también infinita— que produce. Con estas parábolas Jesús nos ha revelado el rostro del Dios cristiano, que devuelve la vida a quien la ha perdido.

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Plan pastoral para el trienio 2022-2025

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 4 de septiembre de 2022

El comienzo de curso es una invitación a la esperanza. Este curso, además, iniciamos un trienio pastoral (2023-2025), bajo el lema de «Hago nuevas todas las cosas», tomado del libro del Apocalipsis. Cristo, el Hijo de Dios, ha venido a renovar el plan de Dios e invitarnos a la verdadera novedad sobre el cosmos y sobre el hombre. Hacer nuevas todas las cosas significa entrar en el dinamismo de Cristo y colaborar con él en la recreación de todo. Se trata de una meta ambiciosa y posible, porque Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha metido en la entraña del hombre y del cosmos el germen de la renovación.

Durante estos tres años, tendremos como objetivo la evangelización con misioneros evangelizados. De esto se ha hablado mucho desde el Concilio Vaticano II, pero hemos avanzado poco. No basta con estar convencidos de la necesidad de evangelizar, si al mismo tiempo no nos dejamos evangelizar quienes tenemos la misión de anunciar el Evangelio. Nadie da lo que no tiene. Y es posible que los fracasos en este campo se deban a nuestra desidia o dejadez a la hora de dejarnos evangelizar. Decía san Pablo VI que «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» (EN 41).

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Negociar con Dios

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 24 de julio de 2022

La relación del hombre con Dios puede contaminarse con los mismos vicios de las relaciones humanas: manipulación, chantaje, dominio, seducción. La gran diferencia es que, en estos intentos, el hombre siempre lleva las de perder. Dios es soberano y no se deja enredar por el hombre, y el hombre que lo intenta es un necio si piensa que puede manejar a Dios a su arbitrio. Cuantas veces nuestra oración se orienta en estos términos: Señor, si me das esto, te prometo que…; si me concedes tal cosa, aumentaré mis limosnas…

Como Dios conoce bien al hombre, en ocasiones se digna rebajarse a nuestros esquemas y acepta negociar, pero siempre —claro está— manteniendo las distancias y señalando al hombre los límites que no debe traspasar. El hombre profundamente religioso lo sabe y, si negocia algo con Dios, siempre se sitúa en su nivel de criatura e, incluso, de amigo que no se atreve a compadrear con él como si fueran colegas. Esto es lo que refiere el magnífico texto del Génesis que se lee hoy como primera lectura. Cuando Dios se dispone a destruir Sodoma y Gomorra, Abraham intercede ante él como si fuera un tratante de mercado que con gran sentido del negocio rebaja poco a poco las exigencias de un precio que parece excesivo. Con profundo respeto y sumisión, Abraham litiga con Dios para que, en el caso de que se hallen cincuenta justos, no destruya a las ciudades. Al ver que Dios se aviene a negociar, Abraham rebaja el número de justos a 45, 40, 30 y 20, para finalmente dejarlos en 10. Y consigue de Dios esta sentencia: “En atención a los diez no la destruiré”. Sabemos por el texto bíblico que no se encontraron diez, y Dios destruyó las ciudades, pero este diálogo con Dios ha pasado a la historia como un modelo de la intercesión y de la condescendencia divina ante la súplica de un hombre justo y religioso.

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El Dios que se hace huésped

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 17 de julio de 2022

La liturgia de este domingo nos presenta dos escenas de hospitalidad, tan característica del pueblo judío y, en general, de la cultura semita. Abraham acoge en su tienda de nómada a tres hombres que, según el texto bíblico, son imagen del Dios que se aparece al patriarca. La tradición ha visto en ellos un símbolo de la Trinidad, representada bajo la figura de tres ángeles sentados en torno a una mesa. Abraham les prepara un banquete y ellos, en correspondencia, le prometen que su anciana mujer dará a luz un hijo al cabo de un año, que será el hijo de la promesa, Isaac.

En el Evangelio, Jesús es recibido en casa de dos hermanas Marta y María, hermanas de Lázaro, que también le obsequian con un banquete. Durante su preparación, Marta se queja a Jesús de que su hermana no le ayuda en la preparación de la mesa, pues María, sentada a los pies del Maestro, prefiere escuchar su palabra. Ante su queja, Jesús le dice: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la mejor parte».

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El pueblo sencillo y fiel

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 3 de julio de 2022

Después de aplazar en tres ocasiones a causa de la pandemia la Visita Pastoral a los arciprestazgos de Fuentepelayo y Coca-Santa María, hemos podido realizarla durante este curso pastoral. El Obispo, como pastor de la Diócesis, debe visitar sus comunidades para confirmarlas en la fe y alentarlas en su camino hacia el Padre. Es una ocasión óptima para conocer de cerca al pueblo cristiano. A su vez, las comunidades confirman al obispo en su ministerio, pues, como dice una oración de la liturgia, el progreso de los fieles es la alegría del pastor. He de decir que, en general, me he sentido acogido y edificado por el pueblo fiel y sencillo que conforma la vida de las parroquias a pesar del secularismo y la increencia actual. Doy gracias a Dios que me ha permitido constatar que la fe está viva, aunque los creyentes disminuyan.

En algunos pueblos, la gente se ha sorprendido de que el Obispo les visitara siendo tan pocos. O que me acercara a confirmar a dos o tres adolescentes. Siempre digo que si esos pocos, o dos o tres adolescentes, son dignos de ser visitados y confirmados es porque Cristo ha dado la vida por ellos y tienen el valor de su sangre. La Iglesia se construye siempre con la fidelidad y el amor. El pueblo cristiano disminuye en número. Es verdad. Este hecho, sin embargo, no significa que disminuya en calidad e intensidad. Admiro a los mayores, algunos casi centenarios, que participan de la Eucaristía con admirable fidelidad; y me impresionan las lágrimas de quienes, por estar enfermos o impedidos, no pueden participar en la Eucaristía presencialmente, como he comprobado en la visita a sus domicilios. En alguna parroquia he quedado impactado por el cuidado de la liturgia, hecho con esmero y auténtica piedad. No todas las parroquias tienen coros, pero no han faltado los cantos para vivir la liturgia como auténtica fiesta.

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El hombre es misión en la tierra

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 26 de junio de 2022

Es frecuente entre los cristianos que al escuchar la palabra «vocación» pensemos de inmediato en la llamada especial al sacerdocio, a las misiones o a la vida consagrada. Pocos piensan en la vida como vocación, o en la vocación a vivir, que es la primera de todas las vocaciones. La palabra «vocación» viene del latín vocare, que significa llamar. Dios llama al hombre cuando inicia su existencia en el seno materno. Es la primera y fundamental vocación: la llamada a la vida. Vivir con pleno sentido significa que el tiempo en este mundo es una gracia de Dios para desarrollar nuestra condición de personas. Todo hombre, sin excepción, es vocación. Y, al mismo tiempo, es misión porque no se concibe que Dios llame a alguien sin otorgarle una misión específica. Así lo dice el Papa Francisco: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades» (EG 273).

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Corpus Christi: Fuente de caridad

Carta de Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

Domingo, 19 de junio de 2022

La solemnidad del Corpus Christi centra la atención en el Sacramento de la Eucaristía, que es fuente y culmen de toda la vida cristiana. La Eucaristía es el mismo Cristo anonadado bajo las especies sacramentales del pan y del vino. El Hijo de Dios no solo quiso participar de nuestra carne y sangre (cf. Heb 2,14), sino que ha querido hacerse alimento de vida eterna para los hombres. La Eucaristía es comida y bebida de inmortalidad.

El pueblo de Israel esperaba, en tiempo de Jesús, la llegada de un mesías y sacerdote que fuese el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. Leví era la tribu sacerdotal de la que, según la ley de Moisés, salían los ministros del templo. En la liturgia de hoy se habla de otro sacerdocio, distinto del levítico, personificado en la figura de Melquisedec, que ha pasado a la historia como tipo de Cristo porque, según el libro del Génesis, ofreció pan y vino como sacerdote del Dios Altísimo (cf. Gn 14,18). Se explica, pues, que en la carta a los Hebreos, su autor presente a Jesús, no como sacerdote de la tribu de Leví, a la que no pertenecía, sino según el orden de Melquisedec.

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