Tiempo de descanso

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 31 de julio de 2022

Estamos ya en pleno verano. Durante estos meses nuestros hábitos de vida y nuestro ritmo de trabajo cambian. La vida de las familias y de las parroquias se ve condicionada por las vacaciones escolares de los niños y jóvenes; por la interrupción de la catequesis y de las reuniones que tenemos durante el curso; y por la celebración de actividades pastorales más adecuadas al tiempo del verano, como las colonias y convivencias con los jóvenes, que posibilitan un mayor contacto con la naturaleza. Muchos de vosotros podréis disfrutar de unos días de vacaciones. Seguramente los que, por las circunstancias que sean, no las tengáis, dedicaréis también algunos momentos a realizar algún tipo de actividades que rompan el ritmo de vida ordinario del resto del año: encuentros con familiares, amigos y conocidos; participación en fiestas tradicionales en nuestros pueblos, etc.…

Tanto el trabajo como el descanso deben estar presentes en la vida de las personas: el trabajo da sentido al descanso y éste ayuda a vivir-lo dignamente, liberándolo de la esclavitud. Es importante que los cristianos vivamos el descanso de tal modo que nos ayude a humanizar nuestra vida y a progresar en nuestra amistad con Dios. Para ello me atrevo a compartir con vosotros tres reflexiones que nos pueden ayudar a que este tiempo sea una ocasión para el crecimiento personal.

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Jornada de los abuelos y de los mayores

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 24 de julio de 2022

Este domingo celebramos la segunda Jornada mundial de los abuelos y de los mayores, instituida por el papa Francisco el año pasado. La elección de esta fecha se debe a la proximidad de la fiesta de los santos Joaquín y Ana que, según la tradición, fueron los padres de la Virgen María cuando ya tenían una edad avanzada y, por tanto, los abuelos de Jesús.

El lema elegido por el Santo Padre para esta conmemoración es una frase del salmo 92: “En la vejez seguirán dando fruto” (Sal 92, 15). Esto lo vemos realizado en los padres de la Virgen: humanamente habían perdido la esperanza de ser padres y, sin embargo, no habían desfallecido su fe en Dios y vivían en santidad y justicia en su presencia, como todos los justos que esperaban la salvación de Israel. Y fue precisamente en este momento de su vida, cuando recibieron de Dios un regalo que no hubieran podido imaginar nunca y una misión para la que ellos por su fe y por su vida santa estaban preparados: acoger a la que estaba destinada a ser la Madre del Mesías y educarla para que fuera capaz de prestar atención a las cosas de Dios y estuviera disponible para cumplir su voluntad. En la vejez produjeron un fruto que es reflejo de su santidad. San Juan Damasceno, en una homilía en la fiesta de los padres de la Virgen los ensalza con estas palabras: “Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana… sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis…Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios… con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad… engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles”.

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Marta y María

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 17 de julio de 2022

En el evangelio de este domingo escuchamos la conocida escena de la acogida del Señor en Betania por parte de Marta y María, las hermanas de Lázaro. Las dos reciben al Señor con la alegría de sentirse honradas por su presencia. En todo lo que hacen están manifestando el amor que sienten hacia Él, pero cada una tiene una prioridad distinta: mientras que Marta se ocupa de preparar las cosas necesarias para atenderle dignamente y se afana con el servicio; María, sentada a sus pies, se dedica a escuchar su Palabra. Ante la queja de Marta porque su hermana no la ayuda, el Señor le responde de una forma sorprendente: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa por tantas cosas, pero solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán” (Lc 10, 41-42).

Por el relato de la resurrección de Lázaro deducimos que Marta tenía una personalidad más espontánea y decidida que María. Al oír que el Señor venía a visitarlas por la muerte de su hermano, “salió a su encuentro”. María, en cambio, “se quedó en casa” (Jn 11, 20) y solo acudió al lugar donde estaba enterrado cuando Marta le dijo que el Señor la llamaba (Jn 11, 28-29). Movida por un sentimiento de confianza y de familiaridad con Jesús, Marta se dirigió al Señor diciéndole que, si hubiera estado allí su hermano no habría muerto, pero que sabía que todo lo que pidiera a Dios, Él lo concedería. Estas palabras de Marta fueron el comienzo de un diálogo con Cristo que culminó con una de las confesiones de fe más grandes que encontramos en el Nuevo Testamento: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que debía venir al mundo” (Jn 11, 27).

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El camino para la vida eterna

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 10 de julio de 2022

En el evangelio de este domingo escuchamos la parábola del buen samaritano. Se trata de un texto que nos resulta familiar y que ya comenté durante el año de la misericordia al que nos convocó al papa Francisco (Palabras de Vida, 13 de marzo de 2016). Os invito a fijaros en algunos detalles de este texto evangélico. Todo comienza con una pregunta que un maestro de la ley le dirige a Jesús: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10, 25). Es la misma pregunta que en otra ocasión un joven rico le dirigió a Jesús (Lc 18, 18; Mt 19, 16; Mc 10, 17).

En esa pregunta se expresa la inquietud de todo ser humano: alcanzar una vida auténtica, libre de todas las inquietudes que nos impiden una felicidad plena. Se trata de una aspiración que todos tenemos en el fondo de nuestro corazón, aunque muchos no lo quieran reconocer. No hay ningún hombre que no quiera ser feliz, aunque no todos buscan la felicidad por los mismos caminos. Jesús responde al maestro de la ley que le estaba interrogando, invitándolo a que él mismo encuentre en la Escritura el camino que Dios nos propone a todos para que alcanzar una forma de vivir con sentido y alegría en este mundo y que, además, anticipa una plenitud que nosotros no podemos imaginar: “Él le dijo: <<Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?>>. Él respondió: <<Amarás al Señor tu Dios. Con todo tu corazón y con toda el alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”” (Lc 10, 27).

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Lo esencial en la misión

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 3 de julio de 2022

En el texto evangélico que se proclama en la Eucaristía de este domingo se nos relata el envío misionero de los 72 discípulos a aquellos lugares y aldeas a las que pensaba ir Jesús. Aunque se circunscribía a un ámbito geográfico muy limitado, el número de discípulos tiene un valor simbólico, porque indica la universalidad de la misión de la Iglesia que debe abarcar todos los pueblos (en el libro del Génesis se mencionan 72 naciones cuando se quieren indicar todos los pueblos de la tierra). Se trata de un gesto que anticipa la misión a la que serán enviados los discípulos después de la resurrección, por lo que las indicaciones que Jesús les da valen para la Iglesia de todos los tiempos.

En primer lugar, el Señor no los anima asegurándoles un éxito mundano, más bien les advierte de las dificultades con las que se van a encontrar: “Mirad que os envío como corderos en medio de lobos” (Lc 10, 3). La expresión es dura y enviar a alguien en esas condiciones parece un acto de irresponsabilidad. Pero es que en realidad la misión de los discípulos no es más que una continuación de la misión de Cristo que fue enviado por el Padre como el “Cordero” en medio de los hombres que se comportaron con Él como lobos. Sin embargo, no fue derrotado: el Cordero degollado ha vencido la muerte y es el Señor de la historia. Las dificultades que provienen del mundo constituyen pues algo normal para la Iglesia de todos los tiempos, pero ello no significa que el Evangelio sea derrotado o que Ella ha fracasado en su misión. Tampoco el éxito de la Iglesia cuando goza de poder o de prestigio significa que el Evangelio ha triunfado. Frecuentemente detrás de un aparente fracaso humano, el Evangelio es más fuerte y, por el contrario, un excesivo poder puede ocultar una gran debilidad e inautenticidad cristiana. La fuerza del Reino de Dios no se mide por el poder humano.

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El corazón de Cristo y la vida de la gracia

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 26 de junio de 2022

El viernes posterior al Corpus Christi celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Se trata de una devoción que arraigó profundamente en el pueblo cristiano (de hecho, en casi todas las iglesias encontramos una imagen del Sagrado Corazón), y que ha producido abundantes frutos de vida cristiana. Contemplando el corazón herido de Cristo, muchos bautizados han descubierto la riqueza, la grandeza y la profundidad de un amor que le llevó a entregar su vida por todos los hombres; se ha despertado en ellos el deseo de vivir cada día con más intensidad en gracia y en amistad con el Señor y de acercarse a los sacramentos de la Iglesia para acoger con gozo la gracia de la salvación. La devoción al corazón abierto del Salvador provocó una revitalización de la vida sacramental en la Iglesia y, con ella, una intensificación de la vida espiritual que dio numerosos frutos de santidad.

Este hecho me lleva a compartir con todos vosotros una preocupación que tengo como obispo y pastor de esta diócesis de Tortosa, aunque soy consciente de que no nos afecta únicamente a nosotros. Mientras que la labor social y caritativa de la Iglesia es socialmente bien valorada y cada día más visible, en lo que se refiere a los sacramentos, nos encontramos en una situación de abandono por parte de muchos bautizados de la vida sacramental: algunos padres que recibieron en su día el bautismo, actualmente ya no lo piden para sus hijos o ya no siembran en su corazón el deseo de recibir al Señor en la Eucaristía; muchos bautizados han abandonado de hecho la participación en la Misa dominical; el sacramento del matrimonio y el proyecto que conlleva de formar una familia cristiana se ha convertido en un hecho extraordinario en nuestra sociedad; la práctica del sacramento de la penitencia es también minoritaria entre los bautizados; el ministerio sacerdotal, con las exigencias de vida que conlleva, no es algo socialmente valorado; incluso muchos cristianos comprometidos los consideran algo secundario en su vivencia de la fe.

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Solemnidad del Corpus Christi

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 19 de junio de 2022

Este domingo celebramos la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Jesús, la noche que tenía que ser entregado, hizo por primera vez aquello que nosotros hacemos cuando nos reunimos para la celebración de la Eucaristía: cogió el pan y diciendo la acción de gracias lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo: “Esto es mi cuerpo, ofrecido por vosotros. Haced esto en memoria mía” (1Co 11,23-24). Algo parecido hizo con el Cáliz lleno de vino. Este gesto del Señor es un signo de generosidad con sus discípulos, que nos tiene que mover al agradecimiento por el regalo que nos ha hecho de su amistad, dándose en el sacramento de la Eucaristía y quedándose con nosotros. Lo agradecemos y lo proclamamos, porque los cristianos nunca podemos dejar de anunciar en el mundo el amor de Cristo que se manifiesta en este sacramento.

En el Evangelio escuchamos este año la narración de la multiplicación de los panes con los cuales el Señor alimentó a un gran gentío. Jesús manda a los discípulos que den de comer a la gente. Ellos se quedan sorprendidos: ¿quién son ellos, que únicamente tienen cinco panes y dos peces para dar de comer a tanta gente? Pero el milagro se produce: Jesús hace que aquello que parece poco se multiplique.

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La libertad cristiana (y V): la objeción de conciencia

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 12 de junio de 2022

En una situación cultural, en la que social y legalmente se reconocen el aborto y la eutanasia como “derechos” que deben ser protegidos, y se aprueban leyes inspiradas en antropologías que absolutizan la voluntad humana, a menudo nos podemos encontrar ante conflictos de conciencia entre lo que las leyes aceptan o promueven y las exigencias de la propia conciencia moral. En estos casos, el creyente está llamado a actuar desde la libertad que nos ha sido regalada en Cristo, sin dejarse intimidar por las consecuencias que puedan derivarse de su fidelidad al Señor. Al obrar de este modo, el cristiano está dando un auténtico testimonio de la fe, que no consiste en hacer sufrir a los otros por la verdad, sino en estar dispuesto a sufrir por ella.

Esto implica que moralmente no se puede prestar una colaboración directa a aquellas acciones que tengan como objetivo la eliminación de una vida humana ni en su comienzo ni en su fin. En caso de que se pida una acción que, sin tener como objetivo inmediato o consecuencia próxima la eliminación de la vida humana, pueda indirectamente posibilitarla, debe evitarse en la medida de lo posible. Cuando esto no lo sea, debe quedar clara la absoluta oposición personal a estas prácticas. No se trata únicamente de colaboración material. A un cristiano tampoco le es lícito colaborar intencionalmente, aconsejándolas o aprobándolas, aunque se abstenga de toda colaboración material. En estos casos la objeción de conciencia es un deber moral. Las instituciones católicas deben también oponerse a que en ellas se realicen estas acciones y no pueden colaborar para que aquellos que quieran practicarlas lo puedan hacer en centros no católicos estableciendo, por ejemplo, convenios con ellos para derivar a quienes lo soliciten. Es lo que se conoce como objeción de conciencia institucional.

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La Iglesia al servicio del Espíritu

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 5 de junio de 2022

Con la solemnidad de Pentecostés, el tiempo de Pascua, durante el cual hemos celebrado la resurrección de Jesucristo, llega a su plenitud. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, tiene la misión de hacer de la Iglesia germen y semilla del Reino de Dios en nuestro mundo y de guiarla para que sea fiel a la misión que recibió de su Señor de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. El día de Pentecostés la Iglesia, nacida de la Cruz y que en ese momento estaba formada por los apóstoles que, con María y otras mujeres y discípulos permanecían en oración, recibió el Espíritu Santo en toda su plenitud. Desde entonces, Él habita en la Iglesia, la colma de la totalidad de sus dones y carismas, y la guía y conduce a través de los tiempos en su camino hacia el Padre. En este momento, en el que estamos viviendo una experiencia eclesial de sinodalidad, es bueno que nos preguntemos por los signos de la presencia del Espíritu entre nosotros.

El Espíritu es, ante todo, Espíritu de santidad. La Iglesia no existe para buscar para sí misma la gloria y el poder de este mundo, sino para despertar en sus hijos el anhelo de la santidad. Los santos son los mejores miembros de la Iglesia, el tesoro más valioso que ella ofrece constantemente a nuestro mundo. Su vida y su testimonio, que nos hablan de la enorme fuerza renovadora que encierra el Evangelio, constituye el signo más claro de que el Espíritu Santo no la ha abandonado. Muchos de ellos son conocidos porque la Iglesia nos los ha propuesto como modelos a imitar. La mayoría, sin embargo, permanecen en el anonimato y, aunque solo Dios conoce el gran bien que han hecho, eso no significa que su vida haya sido irrelevante: gracias a su testimonio, el Reino de Dios se ha ido sembrando entre nosotros. Un cristiano que se deja conducir por el Espíritu es aquel que desea, ante todo, vivir en gracia y amistad con Dios, amando a todos y anhelando su salvación. Que la fiesta de Pentecostés despierte en todos los bautizados el deseo de la santidad.

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La libertad cristiana (IV): la misión del Estado

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 29 de mayo de 2022

La libertad humana no tiene un carácter absoluto. El ser humano es social por naturaleza, por lo que en sus decisiones no puede olvidar que forma parte de la familia humana. Nuestra actuación está condicionada por nuestra pertenencia a la sociedad y por las exigencias que derivan de la relación con los demás. Así, por ejemplo, no se puede dañar al otro para conseguir un objetivo en la vida o para defender los propios intereses; se debe actuar con caridad respetando al prójimo y su conciencia, etc. Cuando estos principios básicos que ordenan la relación entre las personas no se observan, la convivencia social queda gravemente deñada. Para regular las relaciones entre los miembros de la sociedad y, de este modo, promover el bien común, son necesarias las estructuras políticas. Sin una organización de la convivencia éste es inalcanzable.

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