Oremos por la unidad de los cristianos

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 16 de enero de 2022

La celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que comenzará el próximo 18 de enero, nos vuelve a interpelar, porque nos sitúa ante un hecho que para los creyentes en Cristo no puede dejar de ser doloroso: la falta de unidad entre nosotros, que oscurece nuestro testimonio y nuestra presencia en el mundo. El avance de la descristianización que se percibe en nuestra sociedad y en la cultura que nos envuelve, debería ser para nosotros un estímulo para intentar que aquello que nos une a los cristianos sea más visible que las divisiones que hay entre nosotros. Únicamente así es posible una auténtica evangelización, porque el mandato que Cristo confío a los apóstoles, que es anunciar el Evangelio de la Salvación a todos, es la razón de ser de la Iglesia.

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Cayendo de rodillas lo adoraron

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 9 de enero de 2022

Con la solemnidad de la Epifanía del Señor y la fiesta del Bautismo de Jesús en el Jordán termina el tiempo litúrgico de Navidad. En el relato de la llegada de los Magos a la casa en la que encontraron al Niño con María su madre, san Mateo nos narra cuál fue la reacción de estos personajes: “cayendo de rodillas lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). En el Niño encontraron al Dios a quien buscaban, reconocieron su grandeza adorándolo y manifestaron su gratitud ofreciéndole regalos. Vivieron ese encuentro con el sentimiento de una religiosidad auténtica, que es la de aquellos que saben que la primera obligación de todo ser humano es alabar, bendecir, adorar, glorificar y dar gracias a Dios por su inmensa gloria.

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Visita «ad limina»

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 2 de enero de 2022

La próxima semana los obispos de la Tarraconense peregrinaremos a Roma, donde permaneceremos durante unos días, para realizar la visita “ad limina apostolorum”. Desde los primeros siglos del cristianismo encontramos testimonios del reconocimiento de la primacía de la Iglesia de Roma y de su pastor, el Papa, sobre todas las demás iglesias. El hecho de ser el lugar del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, la comunidad que custodia sus reliquias y la sede presidida por el sucesor de Pedro, han convertido a esta iglesia y al magisterio de su obispo en punto de referencia y criterio de la auténtica fe de las iglesias de todo el mundo. La comunión de un obispo con el Papa es garantía de la verdad de su predicación y de su magisterio.

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Fiesta de la Sagrada Familia

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 26 de diciembre de 2021

En el ambiente propio de las fiestas de Navidad, la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar el misterio de la familia de Nazaret, en la que nació Jesús y en la que, como nos dice el Evangelio, “creció en fortaleza, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres”. Acompañado por María y José, el Hijo de Dios, que hizo suya nuestra humanidad, fue progresando en las virtudes que hacían de Él el hombre perfecto, y fue abriendo su corazón al Padre, disponiéndose a cumplir su voluntad.

Por voluntad del papa Francisco hemos dedicado el año que pronto acabará a la figura de san José. La carta que nos dirigió a toda la Iglesia tiene un título bonito: “Con corazón de padre”. José amó a Jesús. Ser padre no es algo únicamente biológico. La paternidad no educa si no se convierte en una relación espiritual. Igual que José amó a Jesús con corazón de padre, los padres tienen que amar a sus hijos con los mismos sentimientos.

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Dios se ha hecho hombre

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 19 de diciembre de 2021

Nos estamos acercando a la celebración de la Navidad. Los medios de comunicación de masas han convertido esta fiesta en una celebración del consumo, de la búsqueda de una felicidad material que siempre será efímera o, a lo sumo, de exaltación de unos buenos sentimientos que se olvidan cuando pasan estos días. Si nos dejamos arrastrar por el ambiente cultural que nos envuelve, en el que Dios es el gran olvidado, el mensaje central de la Navidad pasa totalmente desapercibido. Y es que la Navidad no nos lleva a un mundo irreal de sueños, sino que nos habla de Dios. Lo que la fe nos permite contemplar en el pesebre de Belén es al mismo Dios que, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo”.

Si Dios ha descendido a la tierra no es porque necesite de nosotros, sino porque le importamos y quiere hacerse nuestro compañero y nuestro hermano en el camino de la vida. Cuando vemos a una persona necesitada, la reacción más cómoda es mirar al otro lado y encerrarnos en nosotros mismos. Dios no actúa de este modo: ante los dramas de la humanidad se revela como un Dios de los hombres, que no abandona a su criatura porque la ama y quiere colmarla con su amor y con su gracia. Dios se ha aliado con la humanidad para siempre y se ha manifestado como amigo del hombre.

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Adviento (y II): Oración y acción de gracias

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 12 de diciembre de 2021

Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión” (1Te 5, 16-18). Hace dos domingos comentamos brevemente la primera de estas tres exhortaciones del apóstol san Pablo. Constituyen un buen camino espiritual para prepararnos para la Navidad. El Adviento debe ser, ante todo, un tiempo de plegaria. El Señor Jesús, que no oraba solo cuando tenía tiempo, sino que dedicaba tiempo a la oración, animó a sus discípulos a “orar siempre, sin desfallecer” (Lc 18, 1). El mismo Pablo atestigua en sus cartas que, cuando tiene una preocupación por la Iglesia, ora “sin cesar” (Co 1, 9), “noche y día” (2Ti 1, 3), “insistentemente” (1Te 3, 10). También los cristianos debemos orar “siempre… en toda ocasión… con constancia” (Ef 6, 18).

La oración y la vida van siempre unidas. El creyente que tiene una fe auténtica sabe que debe referir a Dios todos los momentos de su vida y estar siempre abierto al Señor. Quien vive en esta disposición interior, la plegaria brota de su corazón de manera espontánea. Las resistencias permanentes para orar ¿no serán signo de que nos falta esta actitud fundamental en la relación con Dios? El Adviento puede ser un tiempo para que cada uno de nosotros revisemos como es nuestra oración. Ella es como un indicador que nos descubre cómo estamos dispuestos para acoger al Señor.

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María en el caminio del Adviento

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 5 de diciembre de 2021

En el camino del adviento la figura de Maria se esencial. La solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María es la fiesta mariana por excelencia de este tiempo litúrgico. En ella los cristianos nos alegramos y damos gloria a Dios por el poder de su gracia, que en la Madre del Señor ha mostrado toda su eficacia. El designio de Dios sobre toda la humanidad y sobre cada persona es un proyecto de amor mucho más grande de lo que podemos imaginar. Antes de que nosotros pensáramos en Dios, Él pensó en nosotros. La humanidad entera está bajo el signo de la gracia y el amor de Dios. Y esto no es algo impersonal. Ha pensado en cada uno de nosotros, nos ha destinado a ser santos y nos ha elegido en Cristo para ser sus hijos. Al regalo de la vida ha querido añadir todas estas gracias, sin las cuales la vida humana no tendría sentido porque le faltaría una meta que nos llevara a la verdadera felicidad. Nos ha creado para ser felices, y esa felicidad está en la santidad y en la amistad con Él. Nunca hubiéramos podido imaginar la riqueza de la gloria que Dios quiere regalarnos.

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Adviento (I): La alegría cristiana

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 28 de noviembre de 2021

Con el primer domingo de adviento comienza un nuevo año litúrgico y el tiempo en que nos preparamos para la celebración de la Navidad. En el ambiente de las calles se percibe la cercanía de las fiestas, pero a veces tenemos la sensación de que se piensa más en las cosas que en la preparación personal para acoger al Señor. Para nosotros los cristianos lo más importante es la actitud con la que nos disponemos a recibir a Cristo. El adviento debería ser, en primer lugar, un tiempo para escuchar más asiduamente la Palabra de Dios y para el crecimiento espiritual, conscientes de que nadie puede presumir de una vida cristiana perfecta.

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El reino de la verdad

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 21 de noviembre de 2021

En la solemnidad de Jesucristo Rey del universo que celebramos hoy, escuchamos en el Evangelio de la Eucaristía dominical el interrogatorio de Pilato a Jesús en el contexto de la pasión. Jesús confiesa su realeza, pero clarifica esta confesión en un doble sentido: por una parte, no quiere que su reino se confunda con los de este mundo, porque no se defiende con los medios que utilizan los poderes terrenales. Estamos ante un reinado por el que nadie combate con la violencia. En un sentido positivo afirma que su misión regia consiste en dar testimonio de la verdad. El único poder que Cristo reivindica para sí mismo es el de la verdad. La reacción de Pilato ante esta confesión tan sorprendente es de escepticismo: “¿Y qué es la verdad?” (Jn 18, 38).

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Salvados en esperanza

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 14 de noviembre de 2021

En la vida todos tenemos esperanzas. Sin ellas no podríamos vivir porque nos orientan hacia el futuro. El deseo de que se cumplan nos motiva y cuando las vemos realizadas nuestro corazón se llena de alegría. Una auténtica esperanza nunca es una actitud pasiva: va acompañada del deseo de que se realice lo que esperamos y del compromiso para conseguirlo. Cuando los objetivos de la humanidad son nobles y justos el deseo de verlos realizados puede cambiar el mundo y sembrar vida nueva: cuando dos personas tienen en común una esperanza, ya estamos en el primer paso para su realización.

Sin embargo, todos tenemos la experiencia de que algunas no se han cumplido; que alguna persona nos ha decepcionado; que algún deseo cumplido no nos llena como habíamos imaginado; que alguna esperanza realizada se ha desvanecido pronto; o que en un momento de plenitud de repente se han presentado circunstancias inesperadas que han ensombrecido la alegría. Las esperanzas nos dan ilusión y fuerza para vivir, pero son inciertas, a menudo efímeras, y nunca nos satisfacen plenamente. Y cuando conseguimos algo que nos llena, vivimos con el temor de perderlo, ya que la muerte se nos presenta como el horizonte último de la existencia terrena. La gran pregunta que esclarece el sentido de la vida humana es esta: ¿Podemos esperar una plenitud en la que no tengamos ningún temor y una vida que sea simplemente “vida”?

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