La importancia fundamental de la Liturgia en la vida de la Iglesia

Carta de Mons. D. José María Yanguas Sanz
Obispo de Cuenca

Domingo, 22 de enero de 2023

Queridos diocesanos:

La Liturgia es algo esencial en la Iglesia, decíamos la semana pasada, recogiendo una idea del Papa Francisco en su Carta Apostólica Desiderio desideravi, sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios. La razón de la importancia fundamental de la Liturgia en la vida de la Iglesia reside en que está estrechamente vinculada con la salvación de los hombres “que se realizó plenamente en Cristo” (Concilio Vaticano II, Constit. Sacrosanctum Concilium, n.5”). La obra de la redención es, al mismo tiempo, como enseña en el lugar citado el mismo Concilio, la obra de la “perfecta glorificación de Dios”. La salvación de los hombres y la glorificación de Dios son pues, como las dos caras de la misma moneda, el efecto de la misma acción salvífica. Esta la realizó nuestro Señor Jesucristo principalmente por su misterio pascual, es decir, por su pasión, muerte, resurrección y ascensión a los cielos: “Con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida”, canta la Iglesia en el Prefacio pascual.

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La importancia de la liturgia

Carta de Mons. D. José María Yanguas Sanz
Obispo de Cuenca

Domingo, 15 de enero de 2023

Queridos hermanos:

Con fecha de 29 de junio de 2022, el Papa Francisco publicó una Carta Apostólica que lleva como título unas palabas del Evangelio de San Juan al comienzo de la última Cena, con las que Jesús expresó su ardiente deseo de que llegara aquel momento El título de la Carta es: Desiderio desideravi. Sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios.

El documento es relativamente breve, sobre todo si tenemos en cuenta las dimensiones mucho más amplias de otros escritos del Pontífice. Consta, en efecto, de 65 números, anudados en torno a 8 temas. Estos nos sugieren con bastante propiedad el contenido de la Carta Apostólica. Son los siguientes: el primero trata de La Liturgia: el hoy de la historia de la salvación, que se extiende a lo largo de los números 2-9. El segundo de los temas tratados en la Carta lleva por título: La Liturgia: lugar del encuentro con Cristo, y se desarrolla en los números 10-13. El tercero: La Iglesia, sacramento del Cuerpo de Cristo es el más breve de todos y ocupa solos dos números (14-15). Un espacio algo mayor ocupa el cuarto titulado: El sentido teológico de la Liturgia (nn. 16-19). Igual espacio se reserva al quinto: Redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana (nn. 20-23). El sexto abraza los números 24-26 y tiene como título: Asombro ante el misterio pascual, parte esencial de la acción litúrgica. El séptimo argumento tiene que ver con la formación litúrgica: La necesidad de una seria y vital formación litúrgica, es el de mayor extensión y ocupa 20 números (27-47). El último de los temas es el del Ars celebrandi, y abarca los nn 48-60. Los últimos 5 números de la Carta Apostólica revelan la intención del Papa al escribirla e invita a redescubrir el sentido del año litúrgico.

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Recuerdos de un Papa

Carta de Mons. D. José María Yanguas Sanz
Obispo de Cuenca

Domingo, 8 de enero de 2023

Queridos diocesanos

La Iglesia universal llora en silencio, en paz, serenamente, la muerte del Papa Benedicto XVI, y encomienda su alma a Dios nuestro Señor, segura en su esperanza. Se nos ha ido, como de puntillas, sin ruido, sin querer hacerse notar. Un gran Pontífice, sin duda; uno más de los que el Señor ha regalado a su Iglesia en el último siglo y medio. Un buen número de ellos ha sido ya elevados a los altares: San Juan XXIII, San Pablo VI, San Juan Pablo II. De todos ellos conservamos agradecida memoria.

Recuerdo bien la tarde del 19 de abril de 2005, cuando el Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue elegido Papa, sucediendo en el solio pontificio a Juan Pablo II. En la plaza Pío XII, donde se ubican buena parte de los Dicasterios romanos, se encuentran los locales que albergan la Congregación para los Obispos. Lo oficiales que trabajábamos en ella nos asomábamos cada cierto tiempo a las ventanas desde las que se puede contemplar la Plaza de San Pedro. Tratábamos de distinguir el color de la fumata que se elevaba regularmente al cielo desde la estrecha chimenea que comunica con la Capilla Sixtina. Como es habitual, allí tenía lugar el cónclave para la elección del nuevo Pontífice.

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Santa Misa por el eterno descanso del Sumo Pontífice emérito Benedicto XVI

EL OBISPO DE CUENCA

Homilía en el Funeral por el Papa emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos: sacerdotes, religiosos, laicos, convocados por la fe en la Resurrección de Jesús en esta iglesia Catedral de Cunca, reunidos por el deseo común de pedir a Dios Nuestro Señor, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo, el descanso eterno para un hermano nuestro, el Papa Benedicto XVI, a quien Él puso al frente de su Iglesia en la Sede de Pedro a lo largo de ocho años.

Las primeras palabras que me han venido a la mente al preparar esta homilía para la Santa Misa funeral por el alma de nuestro querido y admirado Papa Benedicto las encontramos en la segunda carta de san Pablo a Timoteo. Son bien conocidas y fueron dirigidas en primer lugar a su discípulo Timoteo, pero también a todos nosotros. Dicen así: “Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe” (4, 6-7). Han vuelto a resonar en mis oídos una vez más, al leer las últimas palabras del testamento del Papa Benedicto: “Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo parra que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y les ruego, queridos compatriotas: no se dejen apartar de la fe”. Y poco más adelante, extendiendo su mirada a toda la Iglesia, continua el texto del Papa ya difunto: “lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡Manténgase firmes en la fe! ¡No se dejen confundir!”. Y hacia al final de su testamento el Papa afirma bien convencido: “¡Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo!” Las que durante más de dieciséis años han sigo palabras ocultas en el testamento del Pontífice, ahora retumban en todo el mundo: de un cristiano a otro, de una comunidad a otra, de una diócesis a otra, de un continente a otro: ¡Manténgase firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! Suenan como un ruego apremiante dirigido a todos, una advertencia de madre, un consejo imperioso, un aviso sabio que advierte de las consecuencias poco felices de erróneos comportamientos y actitudes.

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Santa Misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor

EL OBISPO DE CUENCA

Homilía en la Epifanía del Señor

Queridos hermanos:

Con la venida de los Magos de Oriente, sabios o reyes según las diversas tradiciones, se cumple lo que anuncia el salmo con el que la Iglesia hace eco a la primera de las lecturas que hoy nos propone la liturgia: “Se postrarán ante ti, Señor todos los pueblos de la tierra”. La noticia del gran acontecimiento de la Natividad del Señor alcanza hoy a todas las gentes, a todos los pueblos, representados en estos sabios que vienen de Oriente. Se había anunciado a los pastores, al pueblo de Israel; su pregón llega hoy también a los hombres que habitan los confines del mundo, es decir, a todos los hombres. Así, en la primera lectura, hemos escuchado al profeta Isaías que invita a Jerusalén, a todo el pueblo judío, a alzarse, a levantarse, jubiloso, porque llega a ella la luz, la gloria de su Señor; y, a la vez, le insta a que extienda su mirada más allá de sus murallas y contemple las multitudes que vienen de lejos trayendo tributos de oro, incienso y mirra -lo mejor  de sus pueblos y culturas-, proclamando las alabanzas del Señor, que viene no a destruir sino a dar plenitud. Por eso dice San León Magno: “Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán… Que todas las naciones, en las personas de los tres Magos adoren al autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya solo en Judea, sino también en el mundo entero”.

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Comunicado por el fallecimiento del Papa emérito Benedicto XVI

EL OBISPO DE CUENCA

Cuenca, 31 de diciembre de 2022

Con profundo pesar recibimos la noticia sobre el fallecimiento del Papa emérito Benedicto XVI. Unidos a toda la Iglesia en este momento de dolor, encomendamos su alma a Dios Nuestro Señor, Padre de misericordia. Lo hacemos en la confianza de que el Señor lo premiará como a los siervos buenos y fieles. Su ministerio de Pastor bueno y su rico magisterio han guiado e iluminado el caminar de la Iglesia durante su Pontificado. Que el Señor le conceda contemplar y gozar de la Luz q no conoce el ocaso.

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Comunicado

EL OBISPO DE CUENCA

Cuenca, 29 de diciembre de 2022

Conocido el grave estado de salud  en que se encuentra el Papa emérito Benedicto XVI, y acogiendo la petición que hizo ayer el Papa Francisco en la habitual audiencia de los miércoles, pido encarecidamente a todos los diocesanos, sacerdotes, religiosos y laicos, que unidos a toda la Iglesia, rueguen a Dios nuestro Señor para que asista en estos momentos con su gracia y consuelo al Papa emérito.

En la oración de los fieles de todas las Misas que se celebren hoy se pedirá especialmente por esa intención.

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Santa Misa en la Solemnidad de la Natividad del Señor

EL OBISPO DE CUENCA

Homilía en la Misa de Navidad

Queridos hermanos:

Repetidas veces estos días me han preguntado con estas o parecidas palabras: ¿Cuál es su mensaje de Navidad que nos da a los conquenses? Y he respondido siempre lo mismo: ¡la Navidad misma es el mensaje!, la Navidad es la buena Nueva, la gran noticia. Breve pero grandiosa: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria”, como dice San Juan. De manera más breve todavía, San Mateo nos da la gran noticia con dos palabas: ¡Enmanuel!, es decir Dios con nosotros, “Jesús”, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Este es el mensaje de la Navidad: sobrecogedor, de una parte, porque nadie podría pensar jamás que Dios se hiciera hombre como nosotros, que Dios quisiera cubrir la infinita distancia que media entre la divinidad y la criatura; grandioso porque por que la Encarnación es un ejercicio único de su poder, porque el hombre no podía imaginar que lo eterno entrará en el tiempo. ¿Dios hecho hombre? ¡Es una contradicción en los términos! Imposible, hubiéramos dicho, si nos nos hubiera sido revelado. Misterio sobrecogedor pero, también, extraordinariamente amable, porque el motivo no es que Dios quiera mostrar su omnipotencia, que se sienta obligado a actuar de ese modo, o bien que una fuerza externa a él lo determine a actuar de ese modo: el único motivo de la Navidad, de la Encarnación del Hijo eterno de Dios, es su infinito amor que le mueve, en su libertad integérrima, a tomar nuestra naturaleza para participarnos su verdad, su belleza, su vida para nuestra salvación. No hay una brizna de egoísmo en la acción de Dios, cosa incompatible con su naturaleza. El infinito amor de Dios nos precede: nos crea, nos redime y nos espera en la gloria. La Navidad es, también, un hecho y un mensaje de extraordinaria ternura: Sabemos que en su infinita sabiduría, Dios podía haber elegido otro camino para salvarnos; pero quiso hacerse un niño, una criatura débil, necesitada de ayuda y cuidados. No tomo nuestra naturaleza en la forma de un hombre en su plenitud, como un rey poderoso y dominador, como un sabio que deslumbra con sus conocimientos, como un artista que seduce con su espíritu creador. ¡Un Niño! ¿Puede haber algo más accesible, más cercano, y a la vez más indefenso, más desvalido? ¿No surge en el corazón de cualquier persona la pregunta: es posible que Dios nos haya amado, que me haya amado, tanto?, una pregunta que obtiene respuesta en los hechos, en la historia. Los humanos no estamos acostumbrados a ese grado de amor; nos parece imposible. Pero ese es el mensaje de la Navidad. Eso es la Navidad: Dios que se hace hombre, que se pone a nuestra altura, que se abaja hasta nosotros tomando la condición de siervo, nos elevar hasta su altura y nos hace hijos suyos, “dioses” por participación, real, auténtica, de su misma vida. Ante el misterio de la Navidad no cabe sino postrarse, adorar, y tratar de corresponder con amor, con el don de uno mismo.

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Mensaje de Navidad

Carta de Mons. D. José María Yanguas Sanz
Obispo de Cuenca

Domingo, 25 de diciembre de 2022

La Navidad llega puntual cada año a nuestras casas, pueblos y ciudades. Por estas fechas, en muchos de nosotros se hace más viva la añoranza de la infancia, que se presenta como un tiempo de sencilla felicidad, con distintas estampas familiares, celebraciones solemnes en nuestras iglesias, sin que importe si se trataba de humildes edificios o de solemnes y majestuosas catedrales. En nuestros oídos vuelven a resonar melodías de villancicos mil veces entonados; la memoria hace presente momentos que se resisten a desaparecer en su lucha contra el tiempo; reaparecen ante nuestros ojos rostros entrañables, y perduran sabores que han quedado prisioneros en nuestro paladar. Y el Belén que “poníamos” con enorme ilusión, con su “Portal”,  donde, junto a José y María, reposaba el Niño recostado en un pesebre; con ángeles que coronan la escena, los pastores que cuidan de sus ovejas o llevan regalos al Niño-Dios; con sus montañas de cartón y ríos de plata que corren entre las figuras; y el amenazador castillo de Herodes con sus soldados de relucientes corazas…, y los Reyes Magos con sus servidores que aparecen en la lejanía anunciando regalos. ¡Navidad!

Navidad festiva, alegre, familiar, alegre, ¡cristiana! Cristiana, sí, aunque parezca una redundancia hablar de una Navidad cristiana, como si pudiera existir alguna que no lo fuera, como si tuviera sentido hablar de una Navidad sin su Portal con el Niño, María y José, sin ángeles y pastores, sin Reyes que cabalgan a lomos de sus camellos, sin villancicos ni luces. ¿Cómo podríamos pensar una Navidad sin historia?, una Navidad en la que no se rememora y celebra el acontecimiento único que explica y da sentido a la fiesta: ¡el Nacimiento del Hijo de Dios de una Virgen Madre, María de Nazaret!

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El Señor cerca está; Él viene con la paz. El Señor cerca está, Él trae la verdad

Carta de Mons. D. José María Yanguas Sanz
Obispo de Cuenca

Domingo, 18 de diciembre de 2022

Queridos diocesanos:

Dentro de pocos días, millones de hombres y mujeres nos saludaremos por carta, de palabra, con una llamada de teléfono, un mensaje o un WhatsApp, repitiendo siempre idénticas palabras: ¡Feliz Navidad! Entre tanto las calles se han ido llenando de luces, los escaparates de las tiendas se han adornado con mayor o menor lujo, las gentes que llenan las vías comerciales de las ciudades van cargadas de paquetes y cestas de la compra… ¡Feliz Navidad! nos decimos unos a otros, siendo así que, en muchos casos, han pasado meses enteros sin dirigirnos un saludo. Todo parece envuelto en una atmósfera de alegría, de buenos deseos, de expresiones de amistad. Pero, si preguntáramos al azar a algunas de esas alegres personas que encontramos por las calles por la razón de ese positivo estado de ánimo generalizado, obtendríamos respuestas diversas, y no todas ciertamente acertarían con la exacta.

Muchas serían también las personas que nos dirían, con una cierta extrañeza ante la pregunta, como si fuera algo ofensivo y  la respuesta algo descontado: ¡El Señor cerca está! ¡El Señor viene! ¡Es Navidad! El sentido último y más verdadero de estos días que se avecinan sigue, en efecto, presente en muchos corazones cristianos: ¡En Belén de Judá nos ha nacido el Salvador!, el que esperaban los siglos, el deseado de las naciones, aquel de cuya plenitud todos recibimos, el Redentor del mundo, el Príncipe de la Paz, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros. Tienen pleno sentido, en verdad, las palabras que llenan la tierra en estos días: ¡Feliz Navidad!

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