Carta con motivo de la Visita Ad Limina

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

Queridos diocesanos:

Me dirijo a vosotros a mi regreso de la Visita ad limina que ha tenido lugar la semana pasada en Roma, donde hemos acudido el grupo de obispos de las provincias de Sevilla, Granada, y Mérida-Badajoz.

Como ya sabéis, hemos sido recibidos en los distintos Dicasterios y Congregaciones del Vaticano para dialogar sobre los diferentes aspectos de la vida pastoral diocesana, escuchando los planteamientos y propuestas nuevas que se hacen para afrontar los retos actuales de la evangelización.

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Nuestro amor a María llega al corazón de Dios

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

Durante el verano se celebran muchas fiestas dedicadas a la Virgen María, o visitaremos algún santuario. María nunca nos deja solos, siempre está con nosotros, a nuestro lado, porque es la Madre de Cristo y de la Iglesia y Jesús nos ha confiado a ella. Ella lucha a nuestro lado en las dificultades y siempre nos lleva al Señor. Pero debemos invocarla.

Hay muchos jóvenes que cuando aprenden a rezar el Rosario les acompaña durante el día, y avanzan en su fe porque viven así en presencia de Dios. Muchas personas lo rezan al levantarse o al acostarse, otros mientras viajan en coche o en autobús desplazándose a trabajar, otros en su parroquia o comunidad. Os invito, por tanto, a perseverar y a rezarlo unidos y constantes. Hay familias que lo rezan juntos, pero tendrían que hacerlo muchas más. Deberían iniciarse aún otros muchos, de modo que rezando juntos estuviese presente siempre la oración en sus casas. Y se debería rezar en todas las parroquias, antes o después de alguna misa concurrida. Nuestro amor a la Virgen llega al Corazón de Cristo, pero, sobre todo, se transforma en tantas bendiciones con las que Dios nos hace crecer en gozo y en paz.

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Descansar para aprender a vivir lo esencial

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

El reposo no es un capricho, ni un lujo, sino una necesidad para reponer nuestras fuerzas y templar el espíritu, para “cargar las pilas”, como se suele decir. Cada vez es más necesario hacerlo, porque nuestra vida habitual está demasiado sometida a prisas que impiden pensar serenamente, distanciarse de los problemas, contemplar la marcha de la vida en su conjunto y hablar con Dios. Quedamos como aprisionados en este tejido de ocupaciones, de relaciones y de necesidades que constituyen el afán cotidiano. El engranaje de nuestra vida normal del trabajo y de las preocupaciones de cada día, muchas veces nos impiden ir al fondo de la realidad que vivimos. Las circunstancias actuales también nos pueden hacer estar en un estado de alerta continuo.

Es necesario, pues, dar descanso a nuestra capacidad física y sosiego a nuestro espíritu, sintiéndonos muy cercanos a quienes no tengan esta posibilidad. Es imprescindible también revitalizar las fuerzas espirituales para poder después trabajar por el Reino de Dios, por la familia, por los demás. Las vacaciones nos permiten mirar nuestra vida con mayor perspectiva, siendo un espacio de silencio, de silencio interior sobre todo, que nos ayude a hacer un discernimiento sereno sobre nosotros mismos.

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Vacaciones: cuidarnos para cuidar

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

Se nos presenta ahora, en estos meses estivales, un tiempo libre con nuevas oportunidades que no debemos dejar pasar, un tiempo para educar y expresar mejor nuestra libertad. Vacación no debe significar relajación, porque todo puede ser bueno para crecer en humanidad, y aún mejor si se trata de nuestra identidad cristiana o de nuestro posible testimonio de fe.

Después de tanto confinamiento como hemos vivido es importante descansar, dormir, comer, pasear, hacer ejercicio físico, jugar, porque lo agradece el cuerpo y el alma, y lo quiere Dios. Precisamente las vacaciones nos ofrecen más posibilidades aún de cuidarnos y de cuidar de los demás, de fortalecer las relaciones de afecto y amistad, la vida de familia y la relación más serena con Dios. El mejor descanso va unido al encuentro entre personas que nos proporciona seguridad y paz, y que activa el servicio. Y a la contemplación, unida muchas veces a la lectura, al paseo, a la excursión, y, ¡cómo no!, al silencio y la oración, dejando que el habitante de nuestro templo interior sea Dios, y no el propio ego. Hay que escuchar a Dios, porque nos jugamos la vida en la medida en que permanecemos fieles a Él y a su Palabra. En suma, se nos presenta la ocasión de ser más profundos, más íntegros y sinceros, manifestando nuestra esperanza, contagiando el gozo que viene de Dios, siendo agradecidos con tantos gestos de bondad como encontramos.

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La fraternidad es nuestra esperanza

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

Tenemos la impresión de estar ya en un tiempo vacacional, cuando aún no nos hemos desprendido de la pandemia, sus miedos y contagios, su incertidumbre. Parece que volvemos a la anhelada “normalidad”, pero con la profunda huella que nos ha dejado todo este tiempo y sus circunstancias. Esto está bien mientras nos quede la conciencia de nuestra vulnerabilidad, y la convicción del valor de las relaciones humanas para no abandonar a nadie ni dispararnos por la senda del individualismo egoísta. El Papa Francisco nos recordaba, en la plaza de San Pedro vacía, el 25 de marzo, que “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados”. Pero allí mismo marcaba la ruta de la esperanza a un mundo en tinieblas y herido.

Podemos decir que la verdad es el alimento del alma y que nada estará perdido mientras estemos buscando. Por todo ello tenemos que ponernos en relación entre nosotros en el contexto del mundo en el que vivimos porque el problema más grande que acecha nuestra fe es el modo en el que vivimos nuestra vida cristiana delante de los desafíos culturales y contemporáneos. Necesitamos abrirnos a la acción de Dios de modo que nuestro modo de vivir –también en verano— muestre la bondad y el acierto del evangelio y de la amistad con Jesús.

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Eucaristía, fermento de solidaridad

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús, que tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan. Él nos conforta con su gracia para crecer en corresponsabilidad pastoral.

La Eucaristía, renovando el sacrificio de la Cruz, nos hace capaces de vivir fielmente la comunión con Dios. He aquí la revelación del gran tesoro que nos ha dejado Dios para ser creído con humildad, celebrado con belleza y profundidad y vivido hasta las últimas consecuencias. Jesús junta en la unidad de su cuerpo a los que alimenta con un mismo pan: que por la fuerza de la Eucaristía nos lleve a la comunión de la Iglesia y, desde ella, arrastremos al mundo entero a la fraternidad. Nada tan fecundo como ser misioneros de la Eucaristía, servidores de esta alianza de amor, testigos de su fuerza transformadora.

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Fieles a la Eucaristía

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

En su Pascua, el Señor ha cumplido todas sus promesas. Definitivamente es el Enmanuel, el Dios-con-nosotros que quiere quedarse para siempre con nosotros en la Eucaristía, como pan que da la vida“El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne” (Jn 6,51…); “si no coméis la carne y bebéis la sangre de este Hombre, no tenéis vida en vosotros” (6,53). “Quien como mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en Él” (6,56). Es decir, la Iglesia vive de la eucaristía, y nosotros también. Guardemos con fidelidad esta Cena que hace presente a Cristo y nos alimenta, nos hace discípulos fieles, en la humildad y en el amor del que ha dado la vida por nosotros.

Cristo vive para siempre y está realmente presente con toda su persona y su vida, con todo su misterio y con todo su amor redentor, en el pan y en el vino de la Eucaristía. No podemos ocultar ni silenciar al que es el Hijo de Dios venido en carne, luz, camino, verdad, vida, reconciliación, paz, salvación para todos, alivio y descanso para quien acude a Él. Celebrar la presencia real del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía nos debe hacer testigos coherentes para mostrarlo también en nuestra sociedad, en nuestras relaciones, criterios y trabajos. Sin la Eucaristía el apostolado y la evangelización nos son posibles, o acaban manifestándose como cargas insoportables, algo infructuoso, pues nadie da de lo que no tiene.

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Dispongamos el corazón para la Pascua

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

Entramos en esta Semana que llamamos Santa. La Semana Santa está consagrada al recuerdo de la Pasión y Resurrección del Señor, dos hechos inseparables. Comenzamos pasando por ese pórtico que es el Domingo de Ramos, recordando el misterio del Hijo de Dios, que sigue siendo el que viene en nombre del Señor, y quiere hacernos entrar con Él en la Jerusalén Celestial, acompañándole en la Pascua de la muerte y de la Resurrección. La Semana Santa es el fin de un recorrido, el momento culminante de nuestra peregrinación anual, por lo que estos días nos mueven a la contemplación, al agradecimiento y a la conversión.

El jueves Santo se inscribe no en el pasado de aquel año en que Jesús murió, sino en la perenne presencia del misterio de la Última Cena que da sentido a nuestra vida. Jesús nos dejó en ella tres regalos: el primero la Eucaristía, donde el pan y el vino en sus manos se nos dan como cuerpo y sangre suyos, memorial de su pasión y por lo tanto presencia suya, ofrenda sacrificial y banquete de comunión. Cristo no se ha quedado en el pasado, sino que en el presente, es compañía perenne de nuestro camino. El segundo, el sacerdocio Jesús donde constituyó sacerdotes a los apóstoles, los capacitó para hacer presente el misterio mismo de la pascua suya: Haced esto como memorial mío. Y finalmente el mandamiento nuevo del amor, tan original y típicamente suyo que le dio la medida máxima, hasta dar la vida por nosotros. Cada Jueves Santo se estremece la Iglesia ante el misterio del don y la inmensa responsabilidad de responder al sacrificio de Cristo.

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¿Eutanasia? Cuidemos y amemos para dar esperanza

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

El próximo 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, celebramos la Jornada por la Vida«Custodios de la vida» es el lema de este año que pretende explicar que la vida es un bien fundamental para el hombre, sin el cual no cabe la existencia ni el disfrute de los demás bienes. Pero en la sociedad actual avanza la cultura de la muerte, como puede verse en la aprobada Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. Ante esta cultura de la muerte, los cristianos «debemos ser custodios de la vida» porque, como afirmaba San Juan Pablo II, «la vida es siempre un bien».

Muchos defienden como criterios para no respetar la vida razones de bienestar o de utilidad, descartando a cuantos no cumplen estos parámetros y por falsa compasión, puro sentimentalismo e interés particular. Pero nuestra respuesta ha de tener en cuenta la verdad y la dignidad de la persona humana, y adherirse a la verdad buscando el bien. La vida humana vale en sí misma y no está ligada al vigor físico, ni a la juventud, ni a la salud física o psíquica. Es un bien fundamental para el hombre, sin el cual no cabe la existencia ni el disfrute de los demás bienes, por lo que no procede conceder un peso determinante a categorías como útil, inútil, gravoso, deseado, no deseado, etc. Provocar la muerte no es la solución a ninguna situación por conflictiva que sea. Nunca, en ninguna situación, tanto en la fase inicial y embrionaria de la vida humana, como en su final. «La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta a la que estamos llamados es a no abandonar nunca a los que sufren, no rendirse nunca, sino cuidar y amar para dar esperanza» (Conferencia EE, Declaración del 11 diciembre 2020).

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Cuaresma, fuente de gozo

Carta de Mons. D. Rafael Zornoza Boy
Obispo de Cádiz y Ceuta

Hemos comenzado ya la Cuaresma, unos “días santos” donde el pueblo cristiano se prepara para celebrar la Pascua y renovar su participación en este misterio, un tiempo privilegiado para recuperar el amor a Dios. Tomando a Cristo como modelo y uniéndonos a Él en su retiro en el desierto nos disponemos a seguirle en el misterio de la cruz para participar en la gloria de la resurrección.

En este tiempo marcado por la pandemia y sus consecuencias, donde parece que se han derrumbado tantas cosas, el Señor nos repite “Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). El hombre, encerrado en sí mismo y oprimido una realidad hostil, busca una mano amiga, busca un redentor, un salvador, que rompa sus cadenas, que le permita transitar por los espacios del amor, de la verdad y de la vida. Firmemente asentados en el Amor de Dios encontraremos su consuelo, el vigor de la fe y la fuerza de la esperanza con la que superar las dificultades. Dios está cerca de nosotros, a vuestro favor, y nunca nos abandona en las pruebas para que podamos decir en nuestra propia situación: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13).

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