La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

XCI ASAMBLEA PLENARIA

LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

Instrucción pastoral

1. EL ÚNICO DEPÓSITO DE LA PALABRA DE DIOS

1. Lámpara es tu palabra para mis pasos (Sal 119,105). Dios, que habita una luz inaccesible (1 Tim 6,16), dispuso en su sabiduría infinita revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, para que el hombre, creado a su imagen y semejanza, llegara a participar de su misma vida [1]. Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros primeros padres, sino que, después de la caída, Dios reiteró su alianza a los hombres y los fue guiando, por los profetas, con la esperanza de la salvación [2]. Mediante palabras y obras ha ido comunicando gradualmente su designio salvífico a través del pueblo elegido, a fin de que la Palabra de Dios, como antorcha que brilla en las tinieblas, guiara sus pasos.

l cumplirse la plenitud de los tiempos (cf. Gál 4,4), envió Dios a su Hijo, «la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre» [3]. En Cristo, Palabra de Dios hecha carne, el Padre nos lo ha dicho todo [4]. Gracias al misterio de la Encarnación, la luz de la gloria divina ha brillado ante nuestros ojos con nuevo resplandor, de modo que conociendo a Dios visiblemente, podemos ser llevados al amor de lo invisible [5]. La comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: «Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los creyentes en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo» [6]. «Sin embargo, la fe cristiana no es una “religión del Libro”» [7]. El cristianismo es la experiencia de la verdad y de la vida que se nos comunica en el acontecimiento, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» [8].

2. La Iglesia, cumpliendo el mandato de su esposo (cf. Mt 28,19), ha transmitido desde la época de los apóstoles el testimonio de Cristo a todos los hombres, a través de la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados. Los apóstoles, sabiendo que Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4), transmitieron a sus sucesores, los obispos, y, a través de estos, a todas las generaciones de todos los tiempos, todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo [9]. «Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es llamada Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella» [10]. «La sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad» [11]. La Sagrada Escritura y la sagrada Tradición constituyen el único depósito de la Palabra de Dios que Cristo entregó a la Iglesia a través de sus apóstoles. En Él, como en un espejo, la Iglesia peregrinante contempla a Dios, fuente de todas sus riquezas [12].

2. LA SAGRADA ESCRITURA: PALABRA DE DIOS EN LENGUAJE HUMANO

3. «Habiendo hablado Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Él quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos» [13]. La Sagrada Escritura está formada por los cuarenta y seis escritos del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo. «El Antiguo Testamento prepara el Nuevo mientras que este da cumplimiento al Antiguo; los dos se esclarecen mutuamente; los dos son verdadera Palabra de Dios» [14]. A pesar de la diversidad de libros que la componen, «la Escritura es una porque única es la Palabra de Dios, único el proyecto salvífico de Dios y única la inspiración divina de ambos Testamentos» [15]. Al estar compuesta por muchos libros recibe con frecuencia el nombre de Biblia, palabra formada a partir del plural del término griego biblíon, que significa «libro». Algunos de sus libros se fueron configurando como obras literarias en un largo proceso que duró años e incluso siglos. Otros fueron escritos como obras unitarias en un espacio de tiempo mucho más breve. Todos llevan el sello del autor o autores humanos que intervinieron en su composición, de la lengua en que fueron escritos originalmente, de la cultura, las costumbres y usos de las comunidades en cuyo seno nacieron y para las cuales fueron compuestos. También dejaron su impronta en los libros de la Biblia las circunstancias históricas de su composición. La Sagrada Escritura es, pues, palabra humana, que, tanto en la singularidad de los distintos libros como en su conjunto, puede compararse a otras obras literarias e históricas que ha producido el espíritu humano.

4. Ahora bien, la Sagrada Escritura es, ante todo, Palabra de Dios, pues, en la condescendencia de su bondad, Dios mismo ha hablado por medio de hombres y al modo humano [16]. El Espíritu Santo inspiró a los autores humanos de la Sagrada Escritura, los cuales escribieron lo que el Espíritu ha querido enseñarnos. Por eso afirmamos que Dios mismo es el autor de las Escrituras, que están inspiradas y que enseñan sin error las verdades necesarias para nuestra salvación [17].

orque son Palabra de Dios, el pueblo de la antigua alianza ya dio a estos libros el apelativo de «sagrados» y denominó al conjunto «Sagrada Escritura», un nombre que se impuso desde el principio entre los cristianos, pues había sido utilizado también por nuestro Señor Jesucristo y por los apóstoles. Porque son Palabra de Dios, el antiguo pueblo de Israel primero y la Iglesia después, han leído, proclamado, venerado y transmitido los libros de la Biblia de generación en generación. Israel lo hizo con los del Antiguo Testamento. La Iglesia, con los del Antiguo Testamento y con los del Nuevo. Su conjunto es reflejo vivo de la alianza de amor que Dios ha querido mantener con la humanidad y que alcanzó su cumplimiento, consumación y superación en Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne.

3. CRISTO, PALABRA ÚNICA DE LA SAGRADA ESCRITURA

5. Cristo «es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación» [18]; por eso, quien ignora a Cristo se cierra a la comprensión de las Escrituras [19]. El Señor Jesús, Verbo encarnado, ha llevado a plenitud la obra de la salvación, realizada con gestos y palabras, y ha manifestado plenamente el rostro y la voluntad de Dios, de modo que hasta que venga de nuevo en gloria y majestad no hay que esperar ninguna nueva revelación pública [20]. En consecuencia, la Iglesia enseña que «a través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice solo una palabra: su Verbo único, en quien Él se dice en plenitud» [21]. Para leer con provecho las Escrituras es necesario contemplar en ellas el rostro de Cristo [22]. Si hablamos de la Biblia como de un solo libro es porque todo él nos habla de nuestro Señor: «Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo» [23]. «La Iglesia sabe bien que Cristo vive en las Sagradas Escrituras» [24]. Precisamente por eso ha tributado siempre a las divinas Escrituras una veneración semejante a la que reserva al cuerpo mismo del Señor [25]. Como si de una sola palabra se tratara, los autores sagrados hacen resonar en sus bocas al único Verbo de Dios. De ahí que sea siempre actual la exhortación de san Agustín de Hipona: «Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las Escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo» [26].

6. En cuanto Palabra de Dios en lenguaje humano, la interpretación de la Escritura exige que se reconozca en ella tanto la acción del Espíritu Santo como la de los diferentes autores humanos que han escrito bajo su inspiración. Consiguientemente, es preciso estudiar el modo de composición de los libros, la intención de los autores, y otros muchos elementos literarios e históricos. Las aportaciones de la exégesis, en este punto, han supuesto una gran riqueza, pero, al mismo tiempo, no debemos olvidar que, en cuanto Palabra inspirada, la Sagrada Escritura «se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita; por tanto, para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay que tener muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura, habida cuenta de la Tradición viva de toda la Iglesia, y de la analogía de la fe» [27].

l rigor en la aplicación del método histórico para conocer la intención de los autores, el contexto en el que escribieron y sus peculiaridades lingüísticas no es un obstáculo para situarse ante el texto sagrado con actitud creyente. La Iglesia ha recordado que «la Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, según tres criterios: 1) atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; 2) lectura de la Escritura en la tradición viva de la Iglesia; 3) respeto de la analogía de la fe, es decir, de la cohesión entre las verdades de la fe» [28].

esuenan en estos criterios la enseñanza de los Santos Padres, en quienes encontramos un modelo siempre válido de lectura e interpretación de las Escrituras. San Gregorio Magno, por ejemplo, afirma reconocer diversos sentidos en el texto bíblico cuando nos acercamos a él con los ojos de la fe, es decir, cuando confesamos que la realidad no se agota en lo que captan los sentidos. La Sagrada Escritura no se agota en la materialidad de sus letras, sino que ha sido escrita por la acción del Espíritu Santo [29]. En ella, por tanto, se deben reconocer dos estratos: el interior y el exterior [30]. Entregarse a la tarea de interpretar la Palabra de Dios es saberse invitado al banquete del Señor y estar dispuesto a saciar el alma con la variedad de alimentos que Él mismo nos sirve [31].

4. LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA Y LA FAMILIARIDAD CON ELLA

7. «En los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual» [32]. «La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino» [33]. Es, por ello, necesaria la familiaridad con las Escrituras santas para adquirir la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús (Flp 3,8), pues «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» [34]. De ahí que la Iglesia recomiende de modo especial e insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de las divinas Escrituras [35]. «Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”» [36]. Esta recomendación, ampliada con la necesidad del estudio, se dirige de forma particular «a todos los clérigos, especialmente a los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la Palabra» [37]. El ministerio de la Palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, la instrucción cristiana y, en puesto privilegiado, la homilía, encuentra en la Sagrada Escritura su principal alimento, a partir del cual está llamado a dar frutos de santidad [38]. También los candidatos al sacerdocio, para poder ser un día buenos pastores de almas, «a ejemplo de Jesucristo, Sacerdote, Maestro y Pastor», deben «buscar a Cristo en la fiel meditación de la palabra de Dios» [39]. La misma recomendación se extiende a cuantos viven su vocación cristiana con una consagración especial en el ámbito de la vida consagrada: «tengan ante todo diariamente en las manos la Sagrada Escritura, a fin de adquirir, por la lección y la meditación de los sagrados libros, el sublime conocimiento de Jesucristo» [40].

8. En el empeño de hacer crecer entre los fieles la valoración de las Sagradas Escrituras tienen los teólogos una tarea imprescindible. La Teología, en cuanto vive de la fe de la Iglesia y está al servicio de su misión [41], ha de encaminar a los fieles hacia la comprensión más profunda del mensaje de Cristo. De los teólogos espera la Iglesia oración y rigor científico, adhesión fiel al Magisterio y diálogo atento con la cultura contemporánea; todo lo cual será posible si hacen del estudio de la Sagrada Escritura el alma de su labor teológica [42].

Como la Teología, también la catequesis está llamada a extraer «siempre su contenido de la fuente viva de la Palabra da Dios, transmitida mediante la tradición y la Escritura» [43]. Y es que, la Sagrada Escritura, leída e interpretada en el seno vivo de la Tradición eclesial, es fuente de la catequesis en cuanto proporciona sus contenidos doctrinales (catequesis como historia de la salvación), inspira sus actitudes (catequesis como formación a la vida evangélica) e introduce en la comunión viva de la Iglesia (catequesis como mistagogia bíblica y litúrgica).

El fuerte impulso dado por el Concilio Vaticano II a la valoración de la Palabra de Dios nos ha permitido conocer en los últimos años una verdadera «primavera bíblica» [44] en la vida de la comunidad eclesial. Al inicio del nuevo milenio, el gran papa Juan Pablo II, ha recordado la necesidad de mantener con vigor la orientación conciliar para seguir cosechando frutos de renovación: «La Sagrada Escritura ha recibido el honor que le corresponde en la oración pública de la Iglesia. Tanto las personas de forma individual como las comunidades recurren ya en gran número a la Escritura, y entre los laicos mismos son muchos los que se dedican a ella con la valiosa ayuda de estudios teológicos y bíblicos. Hace falta […] consolidar y profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión de la Biblia en las familias. Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la Palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia» [45]. «La Iglesia siempre debe renovarse y rejuvenecerse, y la Palabra de Dios, que no envejece ni se agota jamás, es el medio privilegiado para este fin» [46].

5. EL ACCESO A LAS SAGRADAS ESCRITURAS EN LA LITURGIA

10. A la preocupación por animar a la lectura de la Sagrada Escritura y a hacer de ella instrumento privilegiado del encuentro con Dios en la oración, ha corrido parejo el interés y el esfuerzo para que los fieles cristianos tengan fácil acceso a la Escritura. El espacio sagrado de la liturgia es el ámbito privilegiado donde este acceso se realiza de forma viva y eficaz [47], pues en la mesa del cuerpo y la sangre del Señor y en la mesa de la Palabra se ofrece permanentemente a la Iglesia el único pan de vida que es Cristo [48]. Ciertamente, ha sido preocupación constante de la Iglesia, desde sus orígenes, que el pueblo cristiano gozase en la mayor medida posible de la facultad de comprender la Palabra de Dios, principalmente en la sagrada liturgia, en cuya celebración «la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande» [49].

La Palabra de Dios escrita resuena de manera especial cuando las palabras de los profetas, de los evangelistas y de los apóstoles se proclaman en la liturgia y muy especialmente en la celebración de la Eucaristía. En efecto, «la economía de la salvación, que la Palabra de Dios no cesa de recordar y de prolongar, alcanza su más pleno significado en la acción litúrgica, de modo que la celebración litúrgica se convierte en una continua, plena y eficaz exposición de esta Palabra» [50]. Por eso, «cuanto más profunda es la comprensión de la celebración litúrgica, más alta es la estima de la Palabra de Dios, y lo que se afirma de una se puede afirmar de la otra, ya que una y otra recuerdan el misterio de Cristo y lo perpetúan cada una a su manera» [51].

11. El Concilio Vaticano II dispuso que los «tesoros de la Biblia se abrieran con mayor amplitud», de modo que la mesa de la Palabra de Dios se preparara con mayor abundancia para los fieles [52]. Este mandato del Concilio lo concretó la reforma litúrgica posconciliar aumentando notablemente las lecturas obligatorias u opcionales que se incluyeron en los leccionarios de la misa y de la liturgia de las Horas. Se logró así que, en el ciclo litúrgico trienal (leccionario dominical) y en el bienal (leccionario ferial), como en los restantes leccionarios, el pueblo cristiano pueda escuchar en la liturgia «las partes más significativas de la Sagrada Escritura» [53].

Al impulso de los decretos conciliares [54], la Congregación para el Culto Divino elaboró nuevos leccionarios, que los obispos de todo el mundo procuraron traducir cuanto antes a las muchas lenguas vernáculas en que la Iglesia, extendida por toda la tierra, celebra su liturgia y expresa su fe. En España, la Conferencia Episcopal encargó dicha tarea a un grupo de especialistas en Sagrada Escritura, de lingüistas y literatos que trabajaron con ilusión, competencia y dedicación ejemplares. Concluyeron su tarea en el año 1967, cuando aún no habían transcurrido tres años de la clausura del Concilio. En 1970, la Santa Sede aprobó la traducción española de los leccionarios. Con las correcciones y mejoras que se han introducido en las ediciones posteriores, se ha ido logrando el propósito conciliar de que el pueblo tenga fácil acceso a la Sagrada Escritura, al menos en sus partes más sobresalientes. También se ha ido avanzando en la consecución de uno de los objetivos de la proclamación litúrgica de la Palabra: que los fieles acojan «con fe y espíritu agradecido» el alimento que Dios les ofrece con su Palabra y respondan directamente a ella en la oración y en toda la existencia [55].

6. LA VERSIÓN OFICIAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

12. Ocurre, sin embargo, que en el caso de los textos bíblicos que se proclaman en la liturgia y, de forma muy significativa, en el de los salmos, himnos y cánticos, la traducción que se escucha en las celebraciones litúrgicas difiere de la que se puede leer en las otras muchas versiones de la Biblia que se han venido realizando antes y, sobre todo, después del Concilio Vaticano II. En relación con estas versiones cabe afirmar que, cuando se han realizado de acuerdo con los criterios señalados por el Vaticano II, es decir, exactitud respecto de los textos originales y necesaria adaptación al genio propio de la lengua vernácula, han facilitado el encuentro de los fieles con la Palabra de Dios [56]. Con todo, no parece exagerado afirmar que el hecho mismo de la proliferación de traducciones a la lengua vernácula y, en particular, las diferencias ya señaladas frente a la versión que se proclama en la liturgia no contribuyen a que las palabras sagradas se vayan grabando en el corazón de los fieles y puedan aflorar espontáneamente en el estudio, la catequesis, la oración, la celebración litúrgica y cualquier otro ámbito de la existencia cristiana [57].

13. Pensando sobre todo en este objetivo, la Conferencia Episcopal Española aprovechó la oportunidad que le brindaba la necesidad de revisar la traducción de los actuales leccionarios, muy sentida en distintos ámbitos de la vida eclesial, y creó una comisión que, además de llevar a cabo la citada revisión, tradujera también los otros textos sagrados que no se proclaman en la liturgia, aplicando los mismos criterios en ambas tareas. Se trataba ciertamente de una labor hermosa y de indudable trascendencia eclesial; por ello, el grupo de especialistas a quienes la citada comisión invitó en su momento a colaborar en el proyecto, aceptó gustosamente la invitación y ha trabajado durante una década con ilusión, competencia y dedicación. La Conferencia Episcopal Española, tras una cuidadosa revisión, se complace ahora en ofrecer a todos los fieles el fruto de ese trabajo en la esmerada edición que ha preparado la Biblioteca de Autores Cristianos. Es la versión de la Sagrada Escritura que la Conferencia Episcopal Española asume como propia.

14. La Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española es la única traducción que se podrá utilizar en la liturgia formando parte de los leccionarios, una vez que la Santa Sede conceda la preceptiva aprobación de los libros litúrgicos correspondientes. Será también la traducción a la que se remitan los documentos de la propia Conferencia Episcopal y se citará en los catecismos y otros materiales de formación cristiana debidamente autorizados. Se acudirá normalmente a esta versión en todos los actos eclesiales de piedad, enseñanza y evangelización. Su utilización habitual será también muy conveniente en las clases de Teología, aunque el carácter singular de este ámbito de la vida eclesial justifica, lógicamente, que en él se recurra con mayor frecuencia a otras traducciones y, sobre todo, a la Biblia Neovulgata, única versión oficial para toda la Iglesia católica58, además de la debida atención a los textos originales; de este modo resultará aún más patente la riqueza insondable contenida en los libros sagrados, que ninguna traducción podrá agotar nunca del todo.

Al ofrecer al pueblo cristiano esta nueva traducción de la Sagrada Escritura, los obispos de la Conferencia Episcopal Española ponemos bajo la materna intercesión de la santísima Virgen María los frutos de santidad que esperamos se deriven de esta iniciativa. Ella nos recuerda constantemente que a la escucha atenta de la voz del Señor ha de seguir la obediencia fiel: Hágase en mí según tu Palabra (Lc 1,38).

Madrid, 7 de marzo de 2008


[1] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática sobre la divina revelación Dei Verbum (= DV), 2.

[2] Cf. Misal romano, plegaria eucarística IV.

[3] Catecismo de la Iglesia católica (= CEC), 65.

[4] Cf. SAN JUAN DE LA CRUZ, Subida al monte Carmelo, 2, 22; CEC 65.

[5] Cf. Misal romano, prefacio de Navidad I.

[6] DV 8; CEC 79.

[7] CEC 108.

[8] SAN BERNARDO, Hom. miss. 4, 11; cf. CEC 108.

[9] Cf. Compendio. Catecismo de la Iglesia católica (= CCEC), 12.

[10] CEC 78.

[11] DV 9.

[12] Cf. DV 7; CEC 97.

[13] Cf. DV 12.

[14] CEC 140.

[15] CCEC 23.

16 Cf. DV 12. 17 Cf. DV 11; CEC 105-108; CCEC 18.

[18] DV 2.

[19] «Cristo permanece oculto para ti. Lees sin entender» (SAN JUSTINO, Dial. 113, 1).

[20] Cf. DV 3; BENEDICTO XVI, Ángelus (6-11-2005).

[21] CEC 102; cf. Heb 1,1-3.

[22] «La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo» (JUAN PABLO II, carta apostólica Novo millennio ineunte [6-1-2001], 17).

[23] HUGO DE SAN VÍCTOR, Noe 2, 8; cf. CEC 134.

[24] BENEDICTO XVI, Discurso al Congreso internacional en el XL aniversario de la constitución conciliar «Dei Verbum» (16-9-2005).

[25] Cf. DV 21.

[26] SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Psal. 103, 4, 1.

[27] DV 12. Cf. LXXXVIASAMBLEA PLENARIA DE LA CEE, Instrucción pastoral Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II (30-3-2006), 18.

[28] CCEC 19.

[29] «Se cree por la fe que el autor de este libro es el Espíritu Santo» (GREGORIO MAGNO, Mor Praef 2: CCL 143, 8; BPa 42, 75).

[30] «El libro de la Sagrada Escritura está escrito por dentro alegóricamente y por fuera históricamente; por dentro, en sentido espiritual, y por fuera, en el sentido corriente y llano de la letra» (GREGORIO MAGNO, Hom Ez I, 9, 30: CCL 142,139; BAC Normal 170, 339).

[31] «Abundar de delicias junto al Omnipotente significa saciarse de su amor en el banquete de la Sagrada Escritura. En Él encontramos tantas alegrías como interpretaciones se ofrecen para nuestro progreso espiritual. Para alimentarnos, unas veces es suficiente solo el sentido literal, otras veces nos recrea interiormente con el sentido moral y alegórico que está escondido en el texto» (GREGORIO MAGNO, Mor 16, 24: CCL 143A, 812-813).

[32] DV 21.

[33] BENEDICTO XVI, Discurso al Congreso internacional en el XL aniversario de la constitución conciliar «Dei Verbum» (16-9-2005).

[34] SAN JERÓNIMO, Com. in Is., Prol.: PL 24, 17; BAC Normal 667, 5; cf. DV 25; CEC 133.

[35] Cf. DV 25; CEC 133.

[36] CEC 2653; DV 25.

[37] DV 25.

[38] Cf. DV 24.

[39] CONCILIO VATICANO II, Decreto Optatam totius, 4. 8.

[40] CONCILIO VATICANO II, Decreto Perfectae caritatis, 6.

[41] Cf. JUAN PABLO II, exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa (28-6-2003), 52.

[42] Cf. DV 24.

[43] JUAN PABLO II, exhortación apostólica postsinodal Catechesi tradendae (16-10-1979), 27.

[44] Cf. BENEDICTO XVI, Ángelus (6-11-2005).

[45] JUAN PABLO II, carta apostólica Novo millennio ineunte (6-1-2001), 39; cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (15-4-1993), especialmente la parte IV: «Interpretación de la Biblia en la vida de la Iglesia».

[46] BENEDICTO XVI, Discurso al Congreso internacional en el XL aniversario de la constituciónconciliar «Dei Verbum» (16-9-2005); cf. Audiencia General (25-4-2007).

[47] «El lugar privilegiado de la lectura y de la escucha de la palabra de Dios es la liturgia, en la que, celebrando la Palabra y haciendo presente en el sacramento el cuerpo de Cristo, actualizamos la Palabra en nuestra vida y la hacemos presente entre nosotros» (BENEDICTO XVI, Audiencia General [7-11-2007]).

[48] Cf. DV 24.

[49] SC 24; cf. JUAN PABLO II, constitución apostólica Scripturarum thesaurus (25-4-1979).

[50] Leccionario de la misa, introducción de la editio typica altera (21-1-1989), 4.

[51] Leccionario de la misa, introducción de la editio typica altera (21-1-1989), 5.

[52] Cf. SC 51.

[53] SC 51.

[54] Cf. SC 36 y 54.

[55] Cf. Institutio Generalis Missalis Romani, Editio typica tertia (10-4-2000), 55, 56, 59; Leccionario de la misa, introducción de la editio typica altera (21-1-1989), 7.

[56] Cf. DV 22.

[57] «Para que los fieles puedan retener en su memoria al menos los textos más significativos de la Sagrada Escritura, y puedan influir en su oración personal, es muy importante que la traducción de la Biblia, destinada al uso litúrgico, goce de una cierta uniformidad y estabilidad; de modo que en cada territorio haya solo una traducción litúrgica aprobada, que se emplee en las diversas partes de los libros litúrgicos. Una estabilidad de este tipo se ha de desear especialmente en aquellas partes de uso más frecuente, como el Salterio, que es el libro fundamental de la plegaria para el pueblo cristiano» (CONGR. PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, instrucción Liturgiam authenticam [28-3-2001], 36).

[58] Cf. JUAN PABLO II, constitución apostólica Scripturarum thesaurus (25-4-1979).

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