Carta Circular a las Conferencias de Obispos sobre el «Nombre de Dios»

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Prot. N. 213/08/L

CARTA CIRCULAR A LAS CONFERENCIAS DE OBISPOS
SOBRE EL «NOMBRE DE DIOS»

Eminencia / Excelencia Reverendísima:

Por indicación del Santo Padre, de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe, esta Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos estima conveniente manifestar a las Conferencias Episcopales lo que a continuación se expone sobre la traducción y la pronunciación, en el ámbito litúrgico, del Nombre divino significado en el sagrado tetragrama, acompañado de la correspondiente parte dispositiva.

I. PARTE EXPOSITIVA

1. Las palabras de la Sagrada Escritura contenidas en el Antiguo y en el Nuevo Testamento expresan verdades que superan los límites impuestos por el espacio y el tiempo. Estas son Palabra de Dios en palabras humanas y, mediante estas palabras de vida, el Espíritu Santo introduce a los fieles en el conocimiento de toda la verdad y hace que la palabra de Cristo habite en los creyentes con toda su riqueza (cf. Jn 14, 26; 16, 12-15). Para que la Palabra de Dios, escrita en los textos sagrados, sea custodiada y transmitida de forma íntegra y fiel, toda traducción moderna de los libros bíblicos intenta ser una trasposición cuidadosa y fiel de los textos originales. Este trabajo literario exige traducir el texto original con la máxima integridad y atención, sin recurrir a omisiones o añadidos respecto al contenido, y sin introducir glosas o paráfrasis explicativas que no pertenecen al texto sagrado.

Cuando se trata del nombre sagrado, propio de Dios, la fidelidad y el respeto por parte de los traductores deben ser extremos. En especial, como dice el n. 41 de la Instrucción Liturgiam authenticam, «según una tradición inmemorial recibida, que ya aparece en la citada versión “de los Setenta”, el nombre de Dios omnipotente, expresado en hebreo con el tetragrama sagrado, y en latín con el término “Dominus”, se debe traducir en toda lengua vernácula con un término del mismo significado» [«iuxta traditionem ab immemorabili receptam, immo in (…) versione «LXX virorum» iam perspicuam, nomen Dei omnipotentis, sacro tetragrammate hebraice expressum, latine vocabulo «Dominus», in quavis lingua populari vocabulo quodam eiusdem significationis reddatur»].

No obstante esta clara determinación, en los últimos años se ha extendido la práctica de pronunciar el nombre propio del Dios de Israel, conocido como tetragrama sagrado o divino, ya que está escrito con cuatro letras consonantes del alfabeto hebreo, en la forma hwhy, YHWH. La costumbre de añadirle las vocales se encuentra tanto en la lectura de los textos bíblicos sacados de los Leccionarios como en las oraciones y cantos, y se encuentran distintas formas de escritura y de pronunciación, como por ejemplo «Yahweh», «Yahwé», «Jahweh», «Jahwé», «Jave », «Jehovah», etc. Por lo tanto, con la presente carta se tiene la intención de exponer algunos datos esenciales que motivan la norma arriba indicada y dar algunas disposiciones a las que atenerse.

2. La venerada tradición bíblica de las Sagradas Escrituras, conocida como Antiguo Testamento, testimonia una serie de apelativos divinos, entre ellos el nombre sagrado de Dios revelado en el tetragrama YHWH (hwhy). En cuanto expresión de la grandeza infinita y la majestad de Dios, este nombre se consideraba impronunciable y, por lo tanto, se sustituía en la lectura del texto sagrado con el uso de un apelativo alternativo: «Adonay», que significa «Señor».

La misma traducción griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, que se remonta a los últimos siglos antes de la era cristiana, había expresado normalmente el tetragrama hebreo con la palabra griega Kyrios, que significa «Señor». Dado que el texto de los Setenta constituyó la Biblia de las primeras generaciones cristianas de lengua griega, en la cual se escribieron también todos los libros del Nuevo Testamento, tampoco los primeros cristianos han pronunciado nunca el tetragrama divino. Lo mismo sucede con los cristianos de lengua latina, cuya literatura comienza a finales del siglo II, como atestigua, en primer lugar, la Vetus latina y, sucesivamente, la Vulgata de San Jerónimo: también en estas traducciones el tetragrama viene sustituido regularmente por el término latino « Dominus », correspondiente al término hebreo Adonay y al griego Kyrios. Esto vale también para la reciente Nova Vulgata, que la Iglesia utiliza en la liturgia.

Este hecho ha tenido importantes consecuencias para la misma cristología neotestamentaria. De hecho, cuando San Pablo, a propósito del Crucificado, escribe que «Dios lo ha exaltado y le ha dado el nombre sobre todo nombre» (Fil 2, 9), no se refiere a otro nombre distinto de «Señor», puesto que continúa diciendo: «… y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor…» (Fil 2, 11; cf. Is 42, 8: « Yo soy el Señor: este es mi nombre»). La atribución de este calificativo a Cristo resucitado corresponde precisamente a la proclamación de su divinidad. El título, por tanto, se hace intercambiable entre el Dios de Israel y el Mesías de la fe cristiana, lo que no sucedía nunca con los títulos del Mesías israelítico. Con un sentido estrictamente teológico, esto se encuentra, por ejemplo, ya en el primer evangelio canónico (cf. Mt 1, 20: «El ángel del Señor se apareció en sueños a José») y se ve con frecuencia en las citas del Antiguo Testamento (cf. Hch 2, 20: « El sol se convertirá en tinieblas… antes que venga el gran día del Señor» [Jl 3, 4]; 1 Pe 1, 25: «La palabra del Señor permanece para siempre» [Is 40, 8]). En cambio, con un sentido propiamente cristológico, además del texto ya citado, de Fil 2, 9-11, se pueden recordar: Rm 10, 9 («Si tu boca confiesa que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás»), 1 Cor 2, 8 («… no habrían crucificado al Señor de la gloria»), 1 Cor 12, 3 («… nadie puede decir “Jesús es Señor” si no es por la acción del Espíritu Santo ») y la fórmula frecuente que se refiere al cristiano que vive «en el Señor» (Rm 16, 2; 1 Cor 7, 22; 1 Ts 3, 8; etc.).

3. De esta manera, omitir pronunciar el tetragrama del nombre de Dios por parte de la Iglesia, tiene su razón de ser. Además del motivo puramente filológico, está el de permanecer fieles a la tradición eclesial, desde el momento que el tetragrama sagrado no se ha pronunciado nunca en el ámbito cristiano ni se ha traducido en ninguna de las lenguas en que se tradujo la Biblia.

II. PARTE DISPOSITIVA

A la luz de cuanto se ha expuesto, se dispone la observancia de lo que sigue:

1. En las celebraciones litúrgicas, en los cantos y en las oraciones, no se adopte ni se pronuncie el nombre de Dios en la forma del tetragrama YHWH.

2. Para las traducciones del texto bíblico en las lenguas modernas, destinadas al uso litúrgico de la Iglesia, se siga cuanto se ha prescrito en el n. 41 de la Instrucción Liturgiam authenticam, esto es, el tetragrama divino se traduzca con el término Adonay / Kyrios: «Señor», «Signore », « Lord », « Seigneur », « Herr », etc.

3. Al traducir, en el ámbito litúrgico, textos en los que están presentes, uno después de otro, tanto el término hebraico Adonay como el tetragrama YHWH, se traduzca Adonay con « Señor » y se utilice la forma « Dios » para el tetragrama YHWH, análogamente a cuanto sucede en la traducción griega de los Setenta y en la latina de la Vulgata.

En la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el 29 de junio del 2008.

✠ Francis Card. ARINZE
Prefecto

✠ Albert Malcolm RANJITH
Arzobispo Secretario

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