La cuarta vía

S.E. Mons. MARCELLO BARTOLUCCI
Arzobispo titular de Bevagna
Secretario de la Congregación para las Causas de los Santos

MARCELLO BARTOLUCCI

Con el motu propio Maiorem hac dilectionem sobre la entrega de la vida, el Papa Francisco ha abierto la vía a la beatificación de esos fieles que, empujados por la caridad, han ofrecido heroicamente su vida por el prójimo aceptando libre y voluntariamente una muerte segura y prematura con el intento de seguir a Jesús: «Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Juan 3, 16).

Como se sabe, ya desde hace siglos las normas de la Iglesia católica prevén que se pueda proceder a la beatificación de un Siervo de Dios recorriendo una de estas tres vías.

1) La vía del martirio que es la suprema imitación de Cristo y el testimonio más alto de la caridad. El concepto clásico de martirio comprende: a) la aceptación voluntaria de la muerte violenta por amor a Cristo, por parte de la víctima; b) el odium del perseguidor por la fe, o por otra virtud cristiana; c) la mansedumbre y el perdón de la víctima que imita el ejemplo de Jesús, el cual sobre la cruz invocó la misericordia del Padre para sus asesinos.

2) La vía de las virtudes heroicas, ejercitadas «con extraordinaria prontitud, facilidad y placer, por motivos sobrenaturales» (Benedicto XIV) y por un periodo adecuado de tiempo, es decir hasta hacer que se conviertan en una forma habitual de ser y de actuar conforme al Evangelio. Se trata de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad), cardinales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y “anexas” (pobreza, obediencia, castidad, humildad).

3) Hay también una tercera vía, menos conocida y menos común, que, conduce al mismo resultado que las otras dos. Es el camino de los llamados casus excepti, llamados así por el Código de derecho canónico de 1917 (cf. cann. 2125-2135). Su reconocimiento lleva a la confirmación de un culto antiguo, es decir sucesivo al pontificado de Alessandro III († 1181) y anterior al 1534, así como estableció Urbano VIII (1623-1644), el gran legislador de las causas de los santos. La confirmación del culto antiguo es llamada también “beatificación equipolente”.

Estas tres vías están todavía hoy abiertas y son viables, pero no parece que sean suficientes para interpretar todos los casos posibles de santidad canonizable. De hecho, últimamente, la Congregación para las causas de los santos se ha planteado la pregunta «si no son merecedores de beatificación esos Siervos de Dios que, inspirados por el ejemplo de Cristo, hayan libre y voluntariamente ofrecido e inmolado la propia vida por los hermanos en un acto supremo de caridad, que haya sido directamente causa de muerte, poniendo así en práctica la palabra del Señor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13)» (Positio peculiaris, p. 3).

Se trata de incluir una cuarta vía, que podremos llamar del dar la vida. Incluso teniendo algunos elementos que la hacen parecerse tanto a la vía del martirio como al de las virtudes heroicas, es una nueva vía que pretende valorar un heroico testimonio cristiano, hasta ahora sin un procedimiento específico, precisamente porque no entra del todo en el caso del martirio ni en el de las virtudes heroicas.

La vía del dar la vida, de hecho, se parece parcialmente a la del martirio porque está el heroico don de sí, hasta la muerte incluida, pero se diferencia porque no hay un perseguidor que quisiera imponer la elección contra Cristo. De forma similar, la vía del dar la vida se parece a la de las virtudes heroicas porque hay un acto heroico de caridad (don de sí), inspirado por el ejemplo de Cristo, pero se diferencia porque no es la expresión de un prolongado ejercicio de las virtudes y, en particular, de una caridad heroica. Se requiere, por tanto, un ejercicio ordinario de vida cristiana, que haga posible y comprensible la decisión libre y voluntaria de donar vida en un acto supremo de amor cristiano, que supere el natural instinto de conservación, imitando a Cristo, que se ha ofrecido al Padre por el mundo, en la cruz.

Es claro, por lo tanto, que todas las vías a la santidad canonizada deben tener un denominador común en la caridad, que es “vínculo de la perfección”, “plenitud de la ley” y “anima de la santidad”. También el dar la vida, por tanto, no puede prescindir de la perfección de la caridad, que en este caso, no es el resultado de una prolongada, preparada y alegre repetición de actos virtuosos, sino es un único acto heroico que por su radicalidad, irrevocabilidad y persistencia usque ad mortem expresa plenamente la opción cristiana. Los teólogos, después, enseñan que, por fuerza de la “conexión” entre las virtudes, donde hay un acto heroico de caridad no puede faltar un correspondiente acto de fe, esperanza, prudencia, fortaleza, etc. También hay que decir que el factor tiempo, es decir la duración de la entrega, tiene su relevancia. De hecho, si el acto heroico de la entrega a lo largo de los años, podría finalmente entrar en el caso de las virtudes heroicas, que se convierten en tales no solo porque son expresión de comportamientos extraordinariamente perfectos, sino también porque alargados durante un tiempo considerable, que la jurisprudencia canónica indica en una decena de años de práctica en casos ordinarios. Para delimitar este aspecto el motu propio habla muy oportunamente de “muerte a corto plazo”, lo que no quiere decir inmediatamente ni tampoco tan alejada como para transformar el acto heroico en virtud heroica. En ese caso mutaría la situación. En el momento en el que se verifique la presencia de la entrega heroica de la vida con el ejercicio heroico de las virtudes cristianas, es obvio, que el iter jurídico preferirá el caso de las virtudes heroicas, que expresan de forma más completa la personalidad del Siervo de Dios, la santidad y la sinfonía de sus riquezas espirituales. Si fuera posible trazar una clasificación de los recorridos jurídicos para el determinar la santidad canonizable, podríamos concluir que en el primer lugar está el martirio, en el segundo las virtudes heroicas, en el tercero el acto heroico de dar la vida hasta la muerte incluida. Para concluir el razonamiento podemos tranquilamente afirmar que quien sella su vida con un acto heroico de caridad, puede ser considerado perfecto discípulo de Cristo y, como tal, merecedor de ser propuesto como modelo de vida cristiana, si Dios mismo garantiza la autenticidad y la ejemplaridad mediante la fama de santidad, la prueba de los milagros y el juicio favorable de la suprema autoridad
de la Iglesia.

La entrega de la vida usque ad mortem, hasta ahora no constituía un caso en sí, pero, si había, era incorporada, solo como detalle, en los casos de las virtudes heroicas, o también en la del matirio. Es ya claro que esta incorporación no hacía justicia a una verdadera y, por muchos aspectos, conmovedora expresión de santidad. Ya Benedicto XIV, el magister, no excluía del honor de los altares a aquellos que habían dado la vida en un extremo acto de caridad, como por ejemplo, la asistencia de las víctimas de la peste que, provocando el contagio, se convertían en causa segura de muerte.

Toda esta problemática comenzó a convertirse en objeto de explícita reflexión de la Congregación para las causas de los santos, a partir del congreso ordinario del 24 de enero de 2014. El prefecto, el cardenal Angelo Amato, llevó la cuestión a la atención del Santo Padre en la audiencia del 7 de febrero sucesivo. El Papa «aprobó y animó» el estudio de este nuevo caso, para el cual el dicasterio preparó una Positio peculiaris, con las contribuciones complementarios de cinco estudiosos de las causas de los santos: un biblista, un docente de Teología dogmática, un especialista en Teología espiritual, un jurista y un historiador.

El 2 de junio de 2016 la Congregación realizó sobre este argumento un congreso peculiar compuesto por 15 expertos (10 consultores y 5 postuladores), diferentes de los de la Positio peculiaris. Presidió la reunión el obispo Enrico dal Covolo, sobre todo en calidad de postulador. La discusión de desarrolló sobre la estela de cinco preguntas, comunicadas desde el principio de la convocatoria del congreso y formuladas así: «1. La entrega de la vida, seguida de la muerte, ¿puede ser juzgada como expresión de suprema y heroica imitación de Cristo? 2. ¿Qué características psicológicas o teológicas deberían tener la entrega de la vida para ser un heroico acto de caridad? 3. ¿La entrega de la vida debe madurar en el contexto de una consolidada vida cristiana, o puede ser una decisión
imprevista, sin una preparación remota? 4. ¿Es oportuno que la entrega de la vida sea un caso distinto al del martirio y de las virtudes heroicas? 5. ¿El procedimiento jurídico para la eventual beatificación per viam vitae oblationis, además de la investigación diocesana super vita, virtutibus, oblatione vitae, fama sanctitatis… debe comprender también la prueba de un milagro?» (Relatio et vota congressus peculiaris, p. 8).

Cada pregunta fue respondida por escrito por los quince consultores y postuladores que después debatieron en una reunión colegial (congreso). Como es sabido, las conclusiones de los congresos peculiares de la Congregación para las causas de los santos son siempre importantes, porque expresan el motivado parecer de estudiosos y de expertos que han examinado a fondo la materia. Aún así, su voto no es deliberativo y vinculante. En nuestro caso, la amplia y serena profundización del congreso llevó a estas conclusiones: a) la entrega de la vida, seguida de la muerte, puede ser juzgada como expresión de suprema y heroica imitación de Cristo, como emerge del Nuevo Testamento, de la tradición de los mártires y de los confesores de la fe, del magisterio de los Papas, del Concilio Vaticano II y de la reflexión teológica, sobre todo a propósito de la caridad; b) la entrega de la vida, en la gran mayoría de los casos, madura en un contexto de práctica de las virtudes cristianas; c) sobre la pregunta si la entrega de la vida debe ser un caso distinto al del martirio y las virtudes heroicas, la mayoría de los votos sostiene la idea de configurar un caso distinto, mientras una minoría no lo considera oportuno; d) sobre el procedimiento jurídico para la eventual beatificación por viam vitae oblationis, además de la investigación diocesana super vita, virtutibus, oblatione vitae, fama sanctitatis, la mayoría de los consultores y de los postuladores retiene necesario, para la beatificación, un milagro formalmente aprobado.

Con estas opiniones, el 27 de septiembre de 2016, se fue a la sesión plenaria de los cardenales y obispos, miembros de la Congregación para las causas de los santos. También en esta sede, los distintos aspectos de la cuestión fueron enfocados con profundidad de doctrina y amplitud de consideraciones pastorales. En conclusión, los cardenales y los obispos dieron voto favorable a una vía para la beatificación de quien ha entregado la vida con explícitas y reconocidas motivaciones cristianas. También se destacó la necesidad de un milagro, formalmente aprobado, como confirma divina del juicio humano sobre la entrega de la vida. Estas conclusiones fueron sometidas por la Congregación para las causas de los santos al Santo Padre Francisco con carta del 28 de noviembre 2016 (Prot. Num. VAR 7454/14). El 17 de enero de este año la Secretaría de Estado informaba el cardenal Amato que Su Santidad «en fecha del 10 de enero ha benévolamente aprobado la propuesta de proceder a la beatificación de esos Siervos de Dios cuya libre y voluntaria entrega de la vida se haya convertido en causa de su muerte». También se pedía a la Congregación «escribir el texto del pronunciamiento pontificio» para presentarlo a la aprobación definitiva del Santo Padre. El texto del citado pronunciamiento pontificio es ahora el motu proprio Maiorem hac dilectionem, firmado por el Papa Francisco. Este documento pontificio muy oportunamente en el artículo 2 precisa: «La entrega de la vida, para que sea válida y eficaz para la beatificación de un Siervo de Dios, debe responder a los siguientes criterios: a. entrega libre y voluntaria de la vida y heroica aceptación propter caritatem de una muerte segura a corto plazo; b. nexo entre la entrega de la vida y la muerte prematura; c. ejercicio, al menos en grado ordinario, de las virtudes cristianas antes de la entrega de la vida y, después, hasta la muerte; d. existencia de la fama sanctitatis et signorum, al menos después de la muerte; e. necesidad del milagro para la beatificación, sucedido después de la muerte del Siervo de Dios y por su intercesión». El artículo 3 del motu proprio añade como controlar en la investigación canónica sobre la entrega de la vida y en la preparación del relativo dossier (positio) para someter a los consultores teológicos y a los cardenales: «La celebración de la investigación diocesana o eparcal y la relativa positio están reguladas por la Constitución apostólica Divinus perfectionis magister del 25 de enero 1983 […] y de la Normae servandae […] del 7 de febrero del mismo año». Esta nueva normativa sobre la entrega de la vida deberá recordarse, lógicamente, también con la Instrucción Sanctorum mater del 17 de mayo 2007, la cual pretende facilitar la correcta aplicación de la legislación de 1983. Finalmente, el motu propio ha decidido que el dubium, es decir, el objeto de la evaluación de las causas sobre la entrega de la vida, fuera así formulado: An constet de heroica oblatione vitae usque ad mortem propter caritatem necnon de virtutibus christianis, saltem in gradu ordinario, in casu et ad effectum de quo agitur (“si resultan probadas la entrega de la vida hasta la muerte por causa de la caridad así como las virtudes cristianas ejercitadas al menos en grado ordinario, en el caso y por la finalidad de la que se trata”). El Santo Padre también ha dispuesto que este acto legislativo suyo fuera promulgado mediante «L’Osservatore Romano» y que entrase en vigor el mismo día de la publicación.

Con esta medida la doctrina sobre la santidad cristiana canonizable y el procedimiento tradicional de la Iglesia para la beatificación de los Siervos de Dios no solamente no han sido alteradas, sino enriquecidas con nuevos horizontes y oportunidades para la edificación del pueblo de Dios, que en sus santos ve el rostro de Cristo, la presencia de Dios en la historia y la ejemplar realización del Evangelio.

✠ Marcello Bartolucci
Secretario de la Congregación
para las Causas de los Santos

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