La verdadera película

Carta de Mons. Fr. Jesús Sanz Montes, OFM
Obispo de Huesca y de Jaca

Domingo, 26 de marzo de 2006

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

«Pagaría por poder creer y tener fe», ha declarado en una masiva rueda de prensa, un cineasta español al presentar su nueva película. Es un misterio la fe, que a pesar de ridiculizarla, de perseguirla y censurarla, brota a borbotón cuando se baja la guardia del prejuicio, cuando nos aseguramos que no nos van a señalar por ser vistos con nuestra “debilidad” creyente de mostrarnos sin fe y al mismo tiempo tan añorantes de ella. Esta es la verdadera película: la que narra nuestra vida en su verdad desnuda.

Me viene a la memoria un delicioso diálogo en un fragmento de un “blues” de James Baldwin, entre Richard y su madre:

«Richard: También tú, cuando eras joven, estabas convencida de saber más que tu padre y que tu madre, ¿no es verdad? Apuesto a que en el fondo tú lo pensabas, vieja.

Mama Henry: De ningún modo. Al contrario, pensaba que iba a conocer más cosas, porque los míos habían nacido esclavos y yo había nacido libre.

Richard: ¿Y has conocido más cosas?

Mama Henry He conocido lo que debía conocer: cuidar a mi marido y educar a mis hijos en el temor de Dios.

Richard: Sabes que no creo en Dios, abuela.

Mama Henry Tú no sabes lo que dices. No es posible que no creas en Dios. No eres tú quien decide.

Richard: ¿Y quién decide si no?

Mama Henry: La vida. La vida que está en ti decide. Ella sabe de dónde viene y cree en Dios».

Es impresionante el testimonio sencillo de este blues, al ponernos delante algo tan evidente y tan camuflado: la vida cree en Dios, aunque haya dentro de nosotros un brote de rebeldía pasajera, aunque nos pueda durar casi toda la vida, aunque quienes tienen interés en que la fe no aparezca, nos abrumen con sus estadísticas y nos acorralen con sus estrategias laicistas.

Pero llega un momento en la vida, en donde si somos sencillos y veraces, desmontamos la trinchera que habíamos cavado para justificar nuestro rechazo de Dios, nuestro desprecio de la Iglesia. Y es entonces cuando nos descubrimos pobres pero auténticos, necesitados de encontrar el rostro de ese Misterio al que no acertamos a llamar por su nombre, al que no encontramos en su belleza intuida, a quien seguimos buscando sin saberlo como quien busca su remanso de paz y de alegría.

Por todo esto me ha llamado la atención la confesión de nuestro cineasta. Porque decir que pagaría por tener fe, es una forma primaria de confesarla, precisamente por la humildad con la que la desea. Cuando dejamos hablar a la vida, cuando la quitamos toda su ideología, cuando se pierde el odio laicista de quienes en nombre de la libertad nos imponen sus consignas, entonces aparece ese resto de verdad que nos anida, que nos permite palpitar el corazón como quien dibuja una sonrisa sin pose ni ficción: la verdadera alegría.

Los cantamañanas de la revolución, los desmontadores de la tradición cristiana, los destructores de la libertad y la familia, se darán de bruces cayendo en su propio abismo. Los demás, con todas nuestras dificultades e incoherencias, queremos seguir adelante atendiendo a la realidad en cuyas raíces nos espera Dios, porque creer en Dios no lo decidimos nosotros sino la vida.

Recibid mi afecto y mi bendición.

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